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Nunca me gustaron los palomos; desde que tengo uso de razón siempre los encontré animales torpes y sucios, dados a la estupidez y al automatismo más primitivo... Luego mi hermano, palomero desde que le saqué un curso de ventaja, me enseñó involuntariamente -como todo lo que ha estado enseñándome a través de los años- que los palomos representan, fielmente, los diferentes perfiles de nuestra sociedad.

Están los “Colipavos”..., esas palomas blancas de cola rizada -arregladas como esas viejas de dos palabras sanas y tres de mal de ojo con todo el tiempo por delante- que no ven más allá de sus plumas y que terminan sus días calentando los huevos de otras pájaras; en la misma escala están esos “Zuritos” de perspectivas cortas como su pico y que van al comedero con la misma urgencia con la que manchan de ácidos excrementos las sábanas del vecindario; para los románticos empedernidos tenemos las “Mensajeras” que no son otra cosa que aves condenadas a la melancolía y la nostalgia..., palomos a los que se les ofrece, en sus últimos alientos de vida, un cuarto en el que caer muertos como todos aquellos que un día terminamos desvalidos por un romance anónimo de dos ferias; en un nivel superior, de alto standing, podemos ver a los “Alicantinos” con su peculiar forma de ronear y de surcar los vuelos..., idéntica a esos jóvenes pilotos de aviación de bajo coste con derecho a roce y pernada discotequera que terminan destrozando corazones.

Pero esta penosa opinión cambió una tarde, una de esas que nunca tuvieron un día concreto en el calendario y por lo tanto tampoco fecha de caducidad, cuando un vecino de la barriada -sin nombre y que morirá sin nombre- arrojó desde su azotea hacia la de mis padres -cegado por la triste victoria de los que siempre pierden- la poca vida que le quedaba a uno de los palomos de mi hermano al que, segundos después de haberlo cogido, le había arrancado de cuajo la cabeza.

Lo atrapó con sus manos de cuarentón amargado de la misma forma que sus palomos rateros apresaban las demás palomas de la zona..., invitándolas a entrar en una bonita estancia clavada en lo alto del cielo que en un instante, y tras el infame e ilegal tirón de una cuerda, se convertía en una celda sin salida bajo un sol de injusticia.

Todo lo vio mi hermano que bajó tiritando a la cocina y escupiendo palabras sin sentido; palabrotas que exigían a mi padre una respuesta, a mi madre un vaso de agua y otro de silencio y a mí calientes ideas de venganza a base de petardos de cinco duros y piedras de agua.

Pero nada..., no pasó nada. Mi padre siguió comiendo el pan de cada día, mi madre no dejó de soportar en sus hombros la casa y el pájaro de anilla roja en una pata, junto al palomero de manos frías, acabó en el fondo del cubo de basura con todas las sobras de aquel día.

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