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Quizás el amor consista en ello, en apresar dos tiempos paralelos pero desiguales.

Rara vez lo hallamos, pero existe. Solamente una vez amé en la vida. Con la dulce y total renunciación… Una vez nada más se entrega el alma. Solamente una vez y nada más. Y debe ser cierto. Estos versos con alma de bolero, canturreados hasta la saciedad con menor o mayor fortuna, deben encerrar cierta verdad. A veces, hasta las coplas lo hacen. En realidad, una vez —y eso con suerte—, por encima de las demás, se ama de veras. No hablo de la primera, no tiene por qué ser esa aunque también haya cantos que lo aseveren. Hablo de la real, la que sirve para comparar cualquier otra, la que nos descubre sentimientos desconocidos, inexperimentados e impensables en eso que llaman “el mundo real”, aquella a la que es difícil ponerle palabras y muy fácil atribuirle gesto. Yo descubrí lo que era con Alberto y Elsa, sus anillos de oro y la renunciación; pero también con la pasión desbocada y serena —la comunión de ambas es tan infrecuente como sublime— de Robert y Francesca por los puentes del condado de Madison; e incluso con la frustración amorosa por excelencia en la poesía de los románticos. Todo ello es amar. Y quien lo probó, lo sabe.

O quizás, amar estriba en derribar los mitos, en descender a la tierra, ponerle el pijama y ver si resiste el golpe. En el día a día, esta compleja labor sí precisa un lo siento, por mucho que Love Story relajara nuestras utilitarias conciencias con la promesa contraria. Por lo general, precisa de bastantes. Saber que el otro es consciente de su tropiezo nos sirve para abrazarlo más, para vernos comprendidos, para sentirnos algo menos idiotas. Tener a alguien dispuesto a tolerar nuestras imperfecciones, incluso a cogerles cariño a algunas y a soportar otras, es alentador. De alguna manera, estamos buscando permanentemente esa parte extraviada, ese otro componente del propio ser que se quedó por el camino o que habita con nuestra misma apariencia otro punto de la tierra. Ese otro tú sabe hacer cosas que tú nunca harás. Sabe pintar, se le dan bien las manualidades y mal los números, no es un desastre con el orden, le gusta el cine de acción, lee comics, no baila en público, guarda papeles que no sirven para nada, ama sus zapatillas rotas, reconoce un error mucho antes que tú… siempre sonríe por las mañanas. Y eso lo hace perfecto. Hay cada vez más de él en ti, pero jamás lo entenderás. Y eso lo hace perfecto. Jean-Pierre Garnier Malet, doctor en física, dio hace poco con una teoría que llamó la del desdoblamiento en el tiempo. Su hipótesis, avalada científicamente, sostiene que tenemos dos tiempos diferentes que vivimos al unísono: un segundo que pasa en un tiempo consciente equivaldría a miles de millones de segundos en otro tiempo imperceptible en el que podemos hacer cosas cuya experiencia pasamos luego al tiempo digamos tangible. Podríamos decir que hay dos tú, uno en el tiempo que logramos experimentar y otro en el que no. ¿Habrá algún momento en el que se encuentren? ¿En el que se conozcan? Quizás el amor consista en ello, en apresar dos tiempos paralelos pero desiguales.

Mirada. El amor es mirada, una en concreto y en ella se resume. Para muchos, querer está en el teléfono, en la necesidad de cogerlo para contar cualquier minucia cotidiana. Conocer al otro tú, al que hace lo que tú no haces, que piensa lo que tú no piensas, que dice lo que tú no dices, al que es capaz de embriagarte, es un privilegio. Cuando estás con ese otro tú, eres una mala buena. Tu olfato se agudiza, el insomnio se acrecienta en una inusual cama a solas, conoces la palabra, la broma, el guiño, la idea que viene a continuación. Y eso te hace feliz. La sorpresa no muere, se traslada a otros rincones del hogar. Amar es poder estar en otro lugar y no desearlo, no necesitar razones para obsequiar, para gritar, para cantar, para llorar, para odiar al otro tú si hace falta, para morir pero nunca para creer haber tocado techo.

A veces ocurre, puede que caiga una estrella. Existen probabilidades, no muchas, de encontrar a lo largo de la vida a uno de los siete gemelos que se supone que cada uno tenemos repartidos por el mundo. La posibilidad es remota, pero existe. Si reducimos a solo uno, el otro tú es siete veces más complicado de hallar que el gemelo físico, pero merece la pena probar y disfrutar de las prebendas con las que el viaje te agasaja. Amar es una búsqueda sin buscar, un encuentro inconsciente, una entrega sin renunciar a uno mismo, un tú que no soy yo, que es otro yo. Un todo vulnerable y férreo, un todo que habita dos mundos. Dos tiempos… fundidos en uno solo.  

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