El milagro de San Calentín

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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Se le apareció mientras reponía perfumes en la cabecera del lineal en la que relucen los estuches preparados para el 14 de febrero. Ella/Él prefiere los empaquetados con celofán naranja, pero sin ninguna razón explicable se imponen los recubiertos de rosa fucsia o rojo, ¿qué más da?

El buen santo vestía túnica prestada por el Sagrado Corazón de Jesús, aunque con un par de lavados. A momentos, y dependiendo del toque de luz, se le transparenta la ropa interior comprada expresamente para la representación espectral. “No me gustan los encajes, prefiero el algodón”, ha dicho a uno de los ángeles que a manera de coro inmaculado le acompaña en la función mística.

La aureola reluciente y brillante, el pelo recién lavado, sin caspa, la barba recortada y suave, las manos blancas… El enviado del cielo tiene porte divino.

Él/ella lo mira a mitad de camino, como sin creérselo, del éxtasis y las ilusiones. No todo los días se le aparece a uno/una San Calentín en las estanterías del súper. “Estas cosas solo pasan en los dominios de Iker Jiménez”, piensa. El santo tampoco se inmutó, siguió a lo suyo: manoseando un par de rosas. Sí debió decir algo a uno de los angelitos que le acompañaban con el patrocinio de Nenuco, porque uno de ellos se apartó y se subió a los hombros del envido para encender un par de bengalas que garantizasen la luminosidad de la aparición.

Ella/él sitió entonces cierto gusto. Notó algo tenso bajo el uniforme.  Sintió el roce y un ligero placer como si de pronto tuviese alas. ¡Milagro! Se tocó. Todo seguía en su sitio. Recordó el lugar exacto en el que guardaba –por si acaso- los preservativos con sabor a fresas y lima. O limón, nunca lo tuvo demasiado claro.

Él/ella miró entonces a su alrededor y se quedó pensando en el tiempo perdido, en las oportunidades que ya nunca volverían, en su cuenta en Facebook, en los mensajes compartidos. Ella/él se mojó la punta de la lengua. Se relamió y repuso algunos yogures en el lineal de lácteos y productos derivados. Volvió a pensar en su devoción por el santo. Entonces reapareció de nuevo allá al final sobre un expositor de Dior. Estaba por creer en los milagros. Pero eso nunca se sabe. Minutos más tarde lo vio difuminarse entre la melena rubia de Charlize Theron y las pocas canas de Antonio Banderas.

Y es que todo se termina; hasta la jornada de trabajo.

Sacó las llaves. Abrió la puerta de su piso en alquiler. Se fue directo/a al cuarto de baño. No le gustaba llevarse a casa los olores del economato. Tomó un baño con prisas, casi sin mirarse. Hubo un tiempo que no pasaba un día sin masturbarse y recrearse en su cuerpo. ¡Cuánto había disfrutado! Volvió a acordarse de los condones de sabor. Mientras se secaba recordó la imagen dulce del santo sobre el lineal de perfumes, aguas de colonia, pastas de diente y desodorantes.  

Sobre la escueta mesa del salón le esperaban un plato pequeño, algo de queso y una flor.

Se sentó. Se puso un poco de vino. Abrió sin disimulo el ordenador y pinchó sobre su perfil en eDarling.

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