Cabras en la carretera de Ojén, Marbella, este pasado domingo.
Cabras en la carretera de Ojén, Marbella, este pasado domingo.

“Y respetando el medio ambiente”. Esta frase la he escuchado millones de veces referidas a políticas o a estrategias industriales, agrícolas o comerciales. Como si el “medio ambiente” fuera un señor o una señora con la que uno se encuentra en la escalera, no digo en el ascensor porque yo llevo más de treinta años sin coger un ascensor y vivo en un séptimo, del bloque y le da los buenos días con toda la educación y respeto. La asunción retórica y falsaria del discurso ecologista por parte del lenguaje político o comercial ha llevado a pensar que en el mundo hay diversas cosas como montañas, ciudades, helicópteros, calculadoras…, y entre ellas una muy rara que es el medio ambiente, al que, por supuesto, se le debe respeto.

Yo he oído a Zapatero siendo presidente del gobierno proclamar desde la tribuna del congreso que España, durante esa legislatura, sería el país con más kilómetro de alta velocidad del mundo pero eso sí: “respetando el medio ambiente”. O he leído en la publicidad de un gran centro comercial advertir que todos sus productos “respetan el medio ambiente” ambientalista. Pero todo eso es tan falso como que se pueda ejecutar a alguien respetando los derechos humanos. Hay pues un error conceptual muy grave en este uso del “lenguaje políticamente correcto” ambientalista. Ninguna política parcelaria puede ser ecológica, o es toda o no es ninguna.

El medio ambiente es ontológicamente imperialista; nada puede coexistir  fuera del medio. La ecología es gnoseológicamente absoluta; nada puede existir fuera de los parámetros que define el paradigma ecológico. Creerse fuera del medio o más allá de las leyes de la ecología es una ilusión tan peligrosa como pasajera. Algo así como el suicida que al arrojarse de un rascacielos, pensara durante el breve intervalo que media entre el salto y el choque con el suelo, que la fuerza de la gravedad no iba con él. 

Durante décadas hemos creído que la salud de los ecosistemas era algo ajeno a la salud humana. Y hemos visto a los ecologistas como buenos muchachos preocupados por salvar ballenas y bosques, como el folclorista  está empeñado en recuperar antiguos bailes tradicionales o el lexicógrafo obsesionado con rescatar arcaicas palabras en desuso. Pero por muy admirables que sean, que lo son, las inquietudes de los folcloristas y lexicógrafos, no es eso, no es eso… No se trata de salvar algo valioso  entre las muchas cosas valiosas con las que contamos; se trata de salvarnos a nosotros mismo y a la comunidad biótica donde nuestra vida  es  factible. 

La separación entre salud ambiental y humana es otra peligrosa ilusión de la que nos ha despertado, brusca y dolorosamente, la Covid-19. La relación entre las pandemias contemporánea (como otras que han surgido en los últimos  años desde la gripe porcina  y  aviar o los distintos  coronavirus) y  la destrucción ambiental, la ganadería intensiva, los monocultivos agrícolas, la desaparición de bosques y hábitat es algo que la evidencia científica ha descrito en una ya abundante literatura sobre ambiente y salud humana. Por otro lado la veloz propagación de la Covid-19 no hubiera sido posible sin el hecho de que en solos diez años, entre el 2010 y el 2020, la cifra de pasajeros de aviones se haya duplicado en el mundo, pasando de  2.500 millones en el 2010 a cerca de 5000 millones en el 2019. Paradójicamente, el mismo transporte aéreo irracional que consume combustible ineficientemente, contamina y emite millones de toneladas de gases de efecto invernadero, transporta gratis a la velocidad del sonido a millones de virus por todo el planeta en unas pocas semanas. Tampoco podemos olvidar que los contagios y las patologías han sido más graves en aquellas zonas, como la misma Wuhan, donde la calidad del aire era peor por efecto de la polución. Por tanto no debemos dejar de repetirnos el mantra: No hay salud humana sin salud ambiental y animal, si queremos evitar la repetición, cada vez peor, de esta tragedia. El holismo ecologista son las nuevas gafas de la humanidad si no deseamos evitar que la metáfora de la ceguera, usada lúcidamente por Saramago en una de sus últimas novelas, sea el preludio profético de un final fatal.

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