El vino de Jerez lleva años luchando para que se le considere un vino con todas las de la ley, y cuando digo todas las de la ley me refiero a la frase popular, no a su consideración legal.

El vino de Jerez lleva años luchando para que se le considere un vino con todas las de la ley, y cuando digo todas las de la ley me refiero a la frase popular, no a su consideración legal, claro está, ni la del consumidor con conocimiento. Durante la última década el sector ha redoblado esfuerzos para demostrar que las posibilidades de los vinos de Jerez van mucho más allá del aperitivo y del postre al que tradicionalmente estaban confinados y lo ha hecho en el terreno de juego más indicado: sobre la mesa. Sentado a la mesa el vino de Jerez (y la manzanilla de Sanlúcar) permite por su versatilidad acompañar todo tipo de platos, de principio a fin (pescados, sopas, arroces, carnes), además de ser fiel a su historia y continuar siendo imbatible en el tapeo con jamón, marisco o unas simples aceitunas, o en la sobremesa con un tocino de cielo, un tiramisú o incluso chocolate. Eso por no hablar de sus posibilidades en la cocina, en las elaboraciones de platos, más allá de los maridajes, tanto en los más tradicionales como en la alta cocina (ahí está éxito de la Copa Jerez, sin ir más lejos).

Aunque las ventas no acaban de despuntar, el prestigio de los vinos de Jerez ha ido recuperando el lugar que por calidad y por historia le corresponde e incluso los márgenes de rentabilidad han ido creciendo desde que el sector ha ido reduciendo prácticas como el BOB (línea blanca o marca del distribuidor).

Con este panorama, ¿qué le queda al vino de Jerez para ser un vino con todas las de la ley, por seguir utilizando la frase hecha? Pues básicamente solucionar una cuestión como es la de la fiscalidad y salir de esa ‘subcategoría’ –no sé si es la palabra más apropiada- que es la de los productos intermedios, a la que le condena el añadido de alcohol para alcanzar el mínimo de grado con el que reglamentariamente debe salir al mercado. Por ejemplo, ahora, la inminente subida del 5% en los impuestos especiales que gravan al alcohol supondrá que se ahonde en la brecha fiscal que separa al jerez de los vinos denominados tranquilos, que seguirán pagando los mismos impuestos.

Está claro que va a ser muy difícil y que seguro que ya se ha tocado la tecla, pero sería bueno que el jerez, a la cabeza del resto de vinos fortificados que se elaboran en España, consiguiera que la consideración de vino-vino por la que tanto ha luchando entre los consumidores que pudieran albergar alguna duda se viera definitivamente refrendada con dicha consideración a efectos fiscales por parte de las Administraciones Públicas, que se le hiciera comprender a Hacienda que simplemente hay vinos que se elaboran de otra manera pero que son tan vinos-vinos como el que más. Ah… ¡Salud! 

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