Un hombre de espaldas.
Un hombre de espaldas.

Inspirándome en el título del libro El Hombre que No debemos ser, de Octavio Salazar, hablaré del hombre que somos. Sé que me arriesgo a no ser entendido,  y a recibir críticas de aquellos que no son capaces de mirar más allá de su propia ceguera, pero no me importa, porque ante el drama de la incuestionable verdad de las desigualdades, y la violencia diaria que los hombres, nos guste o no, ejercemos sobre las mujeres, hay que tener un mínimo de coraje, y comenzar a reaccionar.

Los hombres somos unos mal educados porque no respetamos las normas básicas de convivencia en nuestra relación con las mujeres. Acumulamos los espacios, monopolizamos la palabra, ocupamos los puestos de responsabilidad, percibimos más salario por el mismo trabajo, y sin embargo no hacemos nada para revertir esta situación, cediendo al menos una parte de nuestro poder.

Los hombres somos egoístas porque carecemos de empatía, y no se nos ocurre pensar en lo que ellas piensan, cómo se sienten, qué necesitan, lo que les gusta, o apetece. Parece que nuestra inteligencia solo nos da para satisfacer egos, y necesidades. La soberbia nos lleva a creer que lo que pensamos, necesitamos, e interesa, también les es aplicable. 

Los hombres somos personas injustas y a veces tiranas en el trato con las mujeres, siempre conducimos nosotros, sin preguntar, si hay que gastar bromas sexistas, o echar algún piropo, lo hacemos, y si son ellas las que lo hacen, entonces decimos que son bordes, salidas, o putas. No hacemos nada en casa, y si un día tenemos ganas de cocinar, cocinamos,  y luego dejamos la cocina como nos viene en gana. Somos unos profesionales del escaqueo, del a sabiendas lo hago mal, para no tener que hacerlo más. En el baño ni se nos ocurre levantar la tapa del váter, como tampoco nos interesa tener idea de la plancha, la lavadora, pero sí de los mandos de la televisión, de cómo se dobla y coloca la ropa, o de preocuparnos por cuestiones domésticas, más allá de estar pendientes de la ITV, del seguro del coche, o de renovar el carnet del gimnasio y de nuestro club de futbol. De matrículas, colegios, institutos, universidades y esas cosas no entendemos.

Los hombres no somos buenos referentes en la educación de la juventud, porque reproducimos modelos violentos, e irrespetuosos, nos vanagloriamos de ellos, fomentamos las diferencias, y ridiculizamos a las mujeres y a todos y todas los que no encajan en nuestro binario esquema mental.

Los hombres pensamos con la bragueta, de las mujeres solo no interesa su físico, y en el amor queremos poseer, follar, y pensar en nosotros. Nuestra vida es un continuo mete y saca egoísta. Somos muy primitivos. 

Me dirán que no todos somos así, y es cierto que hay muchos hombres que son buenos y nobles, pero también los hay malos, y violentos, y otros que matan, y me pregunto si no es verdad que ese silencio de todos los que no abusamos, ni matamos, no nos hace cómplices. Porque con estas actitudes y comportamientos legitimamos las violencias, y con el insultante mirar siempre a otro lado, damos la cobertura social necesaria, y la coartada perfecta. 

En nuestra defensa argumentar, que no es nuestra toda la responsabilidad, y si de una sociedad patriarcal que nos construye para que así actuemos, y asume el riesgo de que algunos traspasen esa línea moral y ética, y pasen a ser asesinos de mujeres, pero es evidente que en nuestras manos está la capacidad de decidir entre mantenernos indecentemente indiferentes como hasta ahora, o rebelarnos activamente ante tantas injusticias.

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