Detalle de uno de los demonios de la batalla de los ángeles, de Montañés. FOTO: MANU GARCÍA.
Detalle de uno de los demonios de la batalla de los ángeles, de Montañés. FOTO: MANU GARCÍA.

-Pitt, ya. -¿Cómo qué ya? -Como que ya viene.

María tenía preparado un canasto con innumerables cosas para la llegada de su recién nacida: de madrugada, atendida por las vecinas y por una comadrona que avisaron y que vivía en la calle Banastos, llego al mundo a las cinco de la mañana María Paula de la Santísima trinidad. Hija de Peter y María. Nacida con casi tres kilos de peso y habiendo llorado en el vientre de su madre. Tenía en la mirada la sapiencia de las lagartijas que se ponen al sol y los ojos como las liebres, que encamadas no respiran para no ser descubiertas. La tristeza en el llanto y la alegría en los labios. Rosada y blanca como el helado de nata. Bendecida con la esperanza de los que nacen para darlo todo a quienes no tienen nada. Las campanas de San Miguel la anunciaron reclamando su bautismo. Ni la isla de Inglaterra, llena de herejes y bárbaros, ni la santa ciudad de Arcos podrían arrebatar al Santo Crucifijo de la Salud bendecirla con su mirada, en su dulce y descolgada muerte. Señalada con un antojo en forma de conejo morado en su muslo izquierdo, María Paula de la Santísima Trinidad, llegó al mundo con la intención de arrastrar y deglutir las lágrimas negras de todas las épocas de la historia. Para colmar los sueños de los que sufren. Adorar a los que se nutren de los recuerdos y crecer siendo mocita temprana al lado de su padre y de su madre. En el sumo y absoluto recuerdo de los que durante milenios en Jerez le dieron al tiempo su raza y su alma. En la esencia de la pócima con que nacen los ángeles que Dios envía a la tierra cada cuatro mil años. Cuatro mil años para sentir, sufrir, amar y dejar huella en la tierra y para que los que la engendraron, entre el calor el sudor y el olor a tierra mojada, disfruten de ella. Trinidad vino al mundo para morir como todo ser humano pero en la pluscuamperfecta idea de hilar navajas plateadas de venganza por la muerte de Eduarda, entre caballos negros y paños blancos de Holanda, a la espera de las espuelas de sangre de los jinetes que son morenos como las aceitunas verdes.

Así en esas fantasías mágicas crecería, por su afición a la lectura. Sería bruja como Eduarda y mora, como son todas las que nacen en la Peña de Arcos, al lado del Guadalete. Y moriría joven, como su tía Betty, entre calenturas y por el amor de los hombres. Pero antes de todo eso, enamoraría a Peter Walcot, al que la vida y el tiempo ya no le importaban nada y le sobraban tras ver la carita de su niña. Ni el aliento de la vida ni la idea de perecer ante la muerte ya le importaban, ni los agravios pasados. Solo ella lo insuflaba. Santa María Paula de la Santísima Trinidad vino al mundo para comerse las hojas de los olivares y las raíces de todos los árboles que no caducan. Dando luz y color al barrio de San Miguel.

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