Interior de uno de los cascos de bodega de la sanluqueña Barbadillo: FOTO: MANU GARCÍA.
Interior de uno de los cascos de bodega de la sanluqueña Barbadillo: FOTO: MANU GARCÍA.

En la absoluta y áspera angustia, María, acudía a las cocinas del palacio Eton cada mañana. Que amargas eran sus caminatas y que miedo le tenía a Bernarda Ventura. De todos los barrios de Jerez había personal trabajando en palacio. Lo más laborioso de San Mateo, Santiago, San Pedro, San Miguel y San Lucas se encargaban de cada detalle que Doña Elvira pensara y que Bernarda mandara ejecutar. De sus calles salían prestos a la llamada de las obligaciones y la servidumbre: desayunos, almuerzos, meriendas y cenas en el más estricto protocolo, eran la razón de ser de los que daban vida a las estancias que estaban reservadas a los de abajo.

Pero aquella mañana la zona menos noble recibió una visita inesperada. No era habitual la presencia del capitán en ellas. Delegaba en Elvira todo el trabajo doméstico y él solo prestaba atención a lo que, por el paso del tiempo y la tradición, era reservado a los hombres y no a las mujeres. Un grito de Bernarda Ventura con la palabra ¡Atención! Los sacó de su trabajo y concentración. Incluso Marco Lara, un ayudante de cocina, se cortó un dedo por el abrumador silencio que le siguió al marcial anuncio de que Richard Eton estaba allí presente junto a ellos. Tras dar dos palmadas todos dejaron sus quehaceres y salieron de allí. María, más por imitación que por conocer todavía los procesos y las costumbres quiso seguir a sus compañeros, pero en su huida, donde metió la barbilla en el pecho hasta querer ser transparente y no dio permiso a sus ojos para mirar al capitán, fue interrumpida por un brazo que se agarró al suyo a la altura casi de las axilas.

- Tú, María, quédate. Bernarda, vete.

- Pero señor…

- Te he dicho que te vayas y no me repliques Bernarda. Su tono seguía siendo inalterable.

- Si señor, como mande y ordene el señor. Pasados unos segundos y ya habiéndola soltado del brazo esperó a que la gobernanta los dejara a solas.

- Bueno, María. Supongo que todavía estarás adaptándote al palacio. Quién te iba a decir a ti que tras todo esos años en el antro de Sebastián, la vida te iba a brindar esta oportunidad para refinarte. Oportunidades como esta no se presentan todos los días, eso lo sabrás, ¿ verdad? Aquí con tanta comida a tu alrededor y la opción de poder prosperar. Aunque te veo aun tímida y algo recelosa. No creas que no te he estado observando. Siempre lo he hecho y lo sabes. Mi intención es que cuando Bernarda te pula un poco abandones estas cocinas llenas de humos, olores y calor para que entres a formar parte de las camareras y te encargues de otros menesteres más acordes a tu finura y belleza. Ella seguía con la mirada clavada en las lozas desgastadas por la limpieza y los años. El osado tirano le levantó la cara con la ayuda de los dedos de su mano derecha. Le dirigió la cara hacía la suya.

- ¿De qué tienes miedo pajarillo? No voy a hacerte daño, ¿ sabes? ¿ Qué pasa? ¿No te parezco agradable? ¿ O no soy tan elegante y guapo como tu querido Peter?

Ella empezó a temblar frente a quien la estaba acosando y se quedó petrificada como las montañas. Quería ordenar a su cerebro que le indicasen a sus piernas que huyeran hacía el exterior y dejaran de temblar, pero le resultaba imposible. Estaba catatónica y muerta de terror.

- Es una pena, María, que me temas, yo puedo hacerte muchos regalos. Puedo, si tú quieres, si eres lista y sabes guardar bien un secreto elevarte al cielo, como a una reina. Ella olía el fuerte perfume a lavanda y el aliento a tabaco, varonil y agradable, del enemigo. En una especie de mala jugada de su cabeza pudo fijarse en el más mínimo detalle del capitán y por supuesto adelantar, irremediablemente, cual iba a ser su próximo movimiento. Pero todavía sus piernas no eran suyas. Inertes y temblorosas estaban allí pero sólo para cumplir la función en el equilibrio y no en el movimiento. Ya con sus ojos completamente enfocados y con la cara paralela a la sonrisa de él, Richard Eton, la volvió a coger del codo al brazo, casi por el hombro, esta vez con su brazo izquierdo. La mano de la barbilla la bajó y le cogió su parte más intima para, a continuación, mientras le apretaba su sexo, besarla. Toda la maniobra siniestra fue rápida e instantánea pero María la asimiló como el que consume un purgante y le hace una lenta digestión en su delicado estómago. Tras el miedo, la incredulidad, la ira, de nuevo el miedo, la humillación y tras una mirada iracunda se sintió ultrajada.

Un giro de globos oculares al cuchillo con el que, hacía tan sólo unos minutos, se había cortado el dedo Marco. Un cuchillo afilado de mango negro y una hoja color plata preparado para destruir como mantequilla los huesos y la carne. Instrumento letal hambriento de músculo y tendones. Su mirada y el cuchillo. Mientras, todavía estaba presa de las garras del halcón. Solos, en la inmensidad y la blancura de los azulejos blancos y el humo negro. Sola ante sus pensamientos.

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