Detalle del interior de una bodega gaditana. FOTO: MANU GARCÍA.
Detalle del interior de una bodega gaditana. FOTO: MANU GARCÍA.

Aquella mañana fue la más amarga en aquella casa de la calle Mariñíguez, las vecinas estaban en el patio tendiendo la ropa, varias camisas, una guayabera, la ropa interior y algunos vestidos se secaban al calor del molesto y caluroso levante. María de la Cruz Pérez estaba ayudando a las vecinas, escuchando el silencio calmado del final del verano, y sentada en una silla de enea remendaba calcetines. Acababa de dar a luz hacía tan sólo dos meses, justamente un día después del golpe de estado. Estaban las calles revueltas, y el personal salía lo indispensable. Comprar había que comprar, estaba claro, pero otro tipo ocio quedó limitado a la frágil seguridad que todo ser humano cree tener en su casa y en los patios de vecinos.

Hubo detenciones en la calle Porvenir, y en el Cerro fuerte. De las calles Molineros, Pedro Alonso, Martín Fernámdez y de la calle Sol también dieron buena cuenta los falangistas en sus rondas siniestras. Era casi el medio día, los guisos, con escasez de condumio, estaban puestos en las cocinas y los hombres tardarían un tiempo en volver de las bodegas y el campo, previo paso por los tabancos, entre ellos el de Sebastián. Una media botella de vino quitaba muchas penas y sanaba las frustraciones. 

Se escuchó el ruido de un camión y de una patrulla de hombres. Bajaban del vehículo y se hacinaban alrededor de la puerta bramando. Una vecina estaba en la ventana y tras el aviso, salió rauda y presta al patio para indicar con ademanes y los ojos desencajados que se silenciaran. ¡Toc! ¡Toc! Dos culatazos secos y yermos como la muerte de un caballo negro en un olivar dieron en el portón. Empezaron a temblar y Trinidad se orinó encima por intuir lo que pasaría.

Decir que el miedo no les recorrió ni que no presagiaran nada malo hubiera sido atentar en contra de la verdad. El levantamiento militar estaba cuajado y los fascistas iban por las calles ”haciendo limpieza” y llevándose a la gente con alguna vinculación con las izquierdas y a democracia o simplemente por sembrar el terror. Algunos soldados, incluso, pagaron la frustración de no haber accedido a algún amor frustrado con el actual esposo de alguna bella mujer. Acusándolo de ir en contra de la cruzada católica ante las autoridades golpistas.

Aterrada, sudando y presa por el pánico, Dolores, la mayor de las vecinas, aturdida, abrió despacio, como si quisiera demorar lo inevitable. Dos hombres de Jerez, altos recios y con la barbilla demasiado elevada preguntaban por el marido de María de la Cruz, ya acusado de sindicalista y de comunista. El interrogatorio comenzó y entraron en el patio sin pedir permiso. Uno alto y rubio y otro de mayor rango y edad, comenzó a acosarlas. ¿Dónde está Miguel Rondán Alconchel? Maricruz quiso morirse, no sabía nada, y era cierto, a sus 26 años y con poco tiempo para la política y relegada a un papel secundario en aquella sociedad, era consciente de la purga y la búsqueda de sus vecinos, pero nunca militó en algunos de los partidos con vocación democrática dentro de la Segunda República. Ella estaba ajena a la política. No le gustaba en absoluto.

-¿Dónde está?-. Aquellos dos falangistas venían a tiro hecho y ante la negativa de sus respuestas, cada vez se engrandecían más frente a las figuras femeninas, menudas y frágiles. Maricruz, como algunos de sus parientes, en su maldita herencia paterna, padecía de algunos tics faciales, algo reconocible para quien los conociera en Jerez y en el barrio de San Miguel. Un legado un poco molesto, asumible, pero que en su caso la llevó al peor de los destinos: 
—Le he dicho, por última vez, que dónde puede estar Miguel Rondán, sabemos que vive aquí y en la bodega no está.

La ansiedad en aquella calurosa mañana de verano hizo el resto. Cuando los dos secuaces iban a volverse, para irse y dar por terminado el infame interrogatorio, al no poder recibir respuesta, ella no pudo auto controlarse más y su sistema nervioso la invitó a realizar su tic más socorrido para descargar la tensión. Gesticuló con la cara, el cuello y los hombros y esto no pasó inadvertido para el grandullón rubio de camisa azulada. Que malinterpretándola dijo: mi sargento, se ha burlado de usted. Le ha hecho muecas con la cara.

El superior, según cuentan las vecinas, sólo dijo una palabra, un sonido que se clavó en el corazón de aquellas mujeres, sólo pronunció: Cogedla. 

Maricruz Fue violada y fusilada, sin juicio, en la antigua Alcubilla jerezana, pidiendo agua y según una testigo que quiso darle de beber, desangrada por las heridas pero sin delatar a Miguel, su marido, que según se conoció con posterioridad y a través de otros testigos huyó. Ni su familia ni las vecinas no pudieron despedirse pero sí vieron la cara del asesino, un rostro que tuvieron que encontrarse por Jerez paseando impunemente y feliz, durante la dictadura, hasta que murió. Allí no solo falleció Maricruz, allí también murió el corazón de todas sus vecinas y, en cierta manera, esa calle también tiene algo muerto dentro de ella. Cuando al recordar y al tender la ropa, siempre les viene a la cabeza el rostro de María de la Cruz. Ay Mari Cruz… Ay Mari Cruz.

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