Una mujer sosteniendo una copa de fino. FOTO: MANU GARCÍA.
Una mujer sosteniendo una copa de fino. FOTO: MANU GARCÍA.

Tras el fatídico caso, pasados ya unos meses, del “Niño de la gañanías”. Así lo tituló la prensa local en la portada. Nuestro inglés ya dominaba de manera más práctica y cómoda el castellano, o más bien el andaluz. No le faltaban nunca expresiones en la boca como compadre o quiyo cuando se dirigía a los compañeros en la bodega o cuando frecuentaba un tabanco cercano que le gustaba en la calle San Miguel. Se había aficionado intensamente a ese vino fino fresquito y joven, en detrimento de los más amontillados. Le resultaba por lo pronto más fácil y mucho más asequible que los más ambarinos al combinarlo con alguna de las tapas o el poco de ajo que María le ponía cuando ya lo veía un poco pintón y los colores granates, como a todos los norteños cuando beben fino, se les subía a la cara como a un salmonete. No pasaba ni un domingo sin acudir allí en una rutina placentera, obviando la misa que era impuesta por el capitán a sus trabajadores, con la excusa de que él no era católico. Por todo ello tenía mucho más tiempo para dedicarse al vino y a escuchar alguna letrilla por soleares y sobre todo observar a María, la de la peña del pueblo blanco, desde el desasosiego de la introspección y su timidez.

María trabajaba en el tabanco y a pesar de tener pasados ya los treinta seguía soltera. Pero no por ello le hacía carecer de pretendientes. Muchos lo intentaban, pero ella, con su semblante, no daba alas a su lenguaje no verbal para que ningún gañan rupestre, emigrado de las viñas, entendiese que existía la más mínima posibilidad sobre su persona. Ella misma era un enigma anhelado en su claridad: limpia, inteligente, práctica y con una lengua afilada y rapidísima para quitarse de en medio a los moscones incontrolados por el vino dulce. Un manjar que exalta el ánimo de cualquier introvertido.

María era una incógnita de pelo rizado, piel café avellanado y una boca de labios carnosos y dientes demasiados blancos y bien cuidados para las posibilidades existentes. Y sus ojos… ¡Vaya ojos de la serrana! Madre mía. Pitt, con ansiedad y desde el sigilo, ya estaba enamorado de ella hasta las trancas. Pero debido a su carácter y por las duras formas que se gastaba la arcobricense, era incapaz de ni siquiera mirarla cuando ésta podía descubrirlo. Evidentemente es una causa perdida. Pensaba que estaba fuera de sus deseos y su alcance, pero María sabía, de sobra, en su intuición, las intenciones del británico aunque no diera nunca un paso debido a su extrema educación y la sobriedad con que llevaba las composturas en la vida. Aun cuando calzaba una tajada de fino considerable, Pitt era incapaz de atreverse a nada y eso que la uva palomino envalentona al más pusilánime blanqueándole los hígados como al de un tigre. Ella, tras un largo tiempo sin deseos hacía un varón, estaba replanteándose, por curiosidad y, por qué no decirlo, por la buena percha, educación y colocación de Pitt, concederle un rato de conversación. Y al ver que el inglés no se decidía empezó a tramar un plan astuto, necesario y eficaz para que él, desde el protocolo más absurdo y arcaico, diera el primer paso.

- Voy a derramarle, en cuanto pueda, un corto de vino en la corbata -pensó-. Y en efecto, una mañana de domingo, cuando portaba una bandeja con varios catavinos para despachar a seis canallas que la devoraban con su mirada, apuntando a sus turgentes pechos del reino moruno de Taifas, perpetró con maestría su plan.

- Usted perdone caballero. Vaya, como le he dejado el traje, deje que se lo limpie. Pitt se sonrojó y pasó más apuro y quizás más miedo que en aquellas trincheras en Francia. Era un miedo distinto, pero no pudo articular palabra. Cuando María, deliberadamente, le derramó el vino. Tras unos segundos y ante su inmovilidad dijo: ¿Le ha comido a usted la lengua el gato, señorito? Y de pronto, algo por dentro le invadió. En una obligación ancestral de masculinidad vetusta. Y ajustándose la corbata, recomponiendo el pañuelo de la chaqueta, restableciéndose el cabello y poniéndose de pie, en un respingo, le dijo: Señorita María -prosiguió tartamudeando- ¿ tendría usted la cortesía de acompañarme, el domingo que viene, a la Alameda vieja y dejará que la convide a una sultana y a un café con leche? Se hizo el silencio, incómodo. Por dentro pensó, menuda puesta en escena, que no podía haber hecho mayor ridículo y que la situación y la pregunta se le antojaban del todo simples y tópicas, por no decir absurda. Pero, que ya de perdidos al río. Ella lo miró unos segundo, agarró sus cabellos rizados para recogerlos, dejándole ver sus proporciones y desprendiendo un olor a jazmín lo ignoró. Con todas sus fuerzas deseaba ese encuentro con él, pero como las mujeres de Arcos no son unas frescas le plantó un no como un piano de cola. Éste se lo va currar, por la virgen de las Nieves que éste se lo curra. Si quiere que María alguna vez le almidone una camisa. Vamos… cuando venga el Menta...

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