Un carro lleno en un supermercado, en plena crisis por el coronavirus. FOTO: EP
Un carro lleno en un supermercado, en plena crisis por el coronavirus. FOTO: EP

Las peores enfermedades residen en la servidumbre mental. La onírica idea de ser algo a toda costa que no se ha sido ni será por elitismo es algo destructivo. Y no hablo de avanzar en la lectura, la cultura, el arte o el ocio que llena el alma porque de eso rehuyen, por lo general, mofándose, reivindicando una producción de establo. La peor patología que existe es la maldad. Y la maldad es la falta de fraternidad, la ausencia de colaboración.

Es llenar la despensa antes que nadie por un virus, pensar que todos harán lo mismo y dar legitimidad a que cualquier propietario millonario pueda ser el gestor de los derechos humanos que nos sacan de las pandemias, el hambre o la falta de educación. Asumir que los que poseen están ajenos a la obligación con la sociedad es de ciegos. Pero hay ciegos que perdonan al ácido que les corroe los ojos. Abandonados se odian, no puede ser de otra forma. Odian sus vidas y las de sus ancestros, despechados. Salvando a la tiranía y a sus tiranos. No creen en lo colectivo porque no se fían de ellos mismos. Por eso adoran a dioses que los perdonan, a los Estados y los dictadores que los repriman y a las leyes que les limitan la libertad.

Y en esa creencia quieren confundir al resto diciéndoles que todo es imposible, que nada se puede conseguir y que cualquier intento de revolución o progreso ya fue resuelto con el fracaso. Pero obvian los avances porque no los saborean al creer que vienen de la nada, como nacen las esporas. Parásitos de las luchas, de las huelgas, de los palos, de los duelos y los quebrantos. Buitres que ponen la mano en la abundancia y sólo creen que en su mérito individual reside el éxito. Gente vulgar, analfabeta, envidiosa, esbirra, amargada, sin nobleza, sin fondo ni amor por la belleza del alma humana. Gente que se odia porque el mundo demuestra que en la cooperación científica está la solución y eso los desenmascara. Pero ellos no quieren cooperar sino destacar en una nada de bienes tangibles. Nada más.

Por eso son dignos de lástima. Por eso rehuyen de la verdadera esencia del debate omitiendo las pruebas que nos llevan a la igualdad. Seres sin luz, glotones de la inmediatez, tiranos de manos rápidas y silenciosos de panza llena. Criticando a quien se expone con la palabra y los hechos, esperando un fallo para sacar sus ponzoñosas garras y devorarlo. Gente que sólo sabe que no es nadie. Nunca lo fueron ni serán nada. Nada, o quizás sólo gente con dinero. Y por desgracia ni eso, sólo esclavos de sus profundas oscuridades.

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído