'Comedores de opio', de Vasili Vereshchaguin (1868).
'Comedores de opio', de Vasili Vereshchaguin (1868).

A veces los aficionados a las drogas, que pueden dejarlo cuando quieran, reaccionan encendidamente cuando se enfrentan a la impenetrable existencia de quienes niegan los cimientos de su estilo de vida. Afirman entonces que la meditación, el trance o la experiencia religiosa son sólo formas lentas e innecesariamente difíciles para obtener lo mismo que ellos alcanzan fumando, inhalando o paladeando sustancias químicas, aunque, si por definición las formas "analógicas" son excesivamente difíciles, es posible que entiendan más de las otras.

Existe una adicción a la mística como existe una adicción a las drogas. Ambas suelen concebir la Realidad Última como el éxtasis supremo al que sus prácticas les conducen, o prometen conducirles: ese trance liberador, abismal y oceánico de la fusión con algo infinitamente poderoso y multiforme. Se podría objetar que semejante Realidad no debería ser un estado transitorio que termine por esfumarse y cuyo regusto nos engancha de tal modo que nos esforzamos en recomponerlo con denodada intensidad. Algo que no estaba ahí antes, parece estar ahí durante y se desvanece después es cuanto menos dudoso de recibir el título el sustrato último de la realidad. Más bien se trata de una experiencia exaltada del mundo que obvia el hecho de que el mundo estaba ahí antes de que tuviéramos cualquier experiencia de él. Tanto las drogas como el trance extático sirven para huir de la realidad, y adonde habría que huir es a la realidad. Romper el cascarón del huevo y no inducir que se pudra la yema para verle un color distinto.

Si bien estos trances pueden ser útiles para sublimar o atemperar tendencias negativas, así como para tener una primera cata de nuestra finitud y subjetividad en perspectiva, no creo que “las cosas como son” nos dejen ese regusto de ebriedad e intoxicación del espíritu. Más bien deberían ser el abandono del espíritu a lo que no es él. Las cosas verdaderas están ahí siempre, en silencio, para cada uno de los seres. Delante de sus narices, sin que se den cuenta. Uno empieza a ser y ellas dejan de ser. Uno empieza a mirar y ellas se muestran, uno empieza a hablar y ellas callan. Uno empieza a pensar y las sepulta. Uno parpadea un segundo...

La antigua técnica yóguica del trāṭaka propone mirar un punto fijamente y sin pestañear durante un período de tiempo que puede superar los cuarenta minutos. Toda clase de visiones divinas y poderes sobrenaturales emergen del sencillo ejercicio de mirar sin interrupciones. A cualquiera que la practique con celo y regularidad se le promete nada menos que la omnisciencia. Está ahí delante, sólo mira un poco más. Minuto a minuto llegarás a ella. Y sin embargo nosotros pestañeamos sin darnos cuenta, y volvemos a pestañear, y cada vez que lo hacemos damos un pasito atrás, sin salir en el punto de partida. No sé si funcionará, pero la moraleja está clara...

La contemplación del Absoluto, o como queramos llamarlo, les sonará tan aburrida, terrenal y mundana a los que viven apegados al trance alucinatorio o a su concepto, que difícilmente se la tomarán en serio. Ellos pueden preferir seguir subiendo y bajando en la montaña rusa de la vida,  gloriándose de una penetración espiritual certificada por el último colocón.

Y si resulta que nuestra bajeza de miras nos impidió percatarnos de que al final sí se trataba de una escalera de Jacob ascendente con nubes de querubines tañendo liras celestiales, u otra estampa similarmente sublime, no nos queda otra que tratar de garantizarnos que es real.

Porque si uno recrea una escena semejante cada fin de semana llegará un momento en que, por mucho que esta vez sí sea Yahvé el que le llame, le dé pereza volver a subirla.

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