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Siempre habrá un espacio en las viejas crónicas. Para una sonrisa verde. Para una simple payasada o travesura. 

Siempre habrá un espacio en las viejas crónicas. Para una sonrisa verde. Para una simple payasada o travesura. Para los viejos ojos verdes que, casi siempre, asomarán en la gubia de un tocón, en la sombra de un viejo odre o en los pantalones de un carpintero. Habrá espacio en la medida en que las historias se siguen contando, con los pies calientes alrededor de una chimenea. Con el albornoz puesto antes de que el viejo Antón les mande a la cama. A todos. Como en los viejos tiempos. 

Solo es un sueño. Lo aclaro por si el cuento no lo parecía. Aquellos tiempos se esfumaron. Alguien sopló sobre el nido de mi boca y se los llevó, pero siempre quedará un espacio para las viejas crónicas, como acerté al principio. Siempre serán los diablos quienes se lleven la peor parte en estos crudos inviernos. Antón rebusca entre el capazo y encuentra un nuevo retazo de leña que llevar al fuego. Lo toma de su gruesa mano, lanza semejante proyectil y al rebotar contra las ascuas, algún espíritu malhumorado asoma del fuego y revela las chispas de su propio genio.

El sueño va más allá. Estoy sentando frente a una pantalla de ordenador. Maldita sea la realidad. Antón no existe. No es ningún abuelo. Aquí sí, no obstante. Y ahí, algunas moscas remoloneando en el aire, con olor a bosta y ristras de ajo. Tanto la cocina como la cuadra están tan próximas que se puede adivinar incluso por el rebuzno de la vaca o por el mugido del cerdo o por lo tanto que gruñe la cabra. Y si me estoy burlando es que se trata de un sueño, aunque siempre habrá un espacio. Siempre. Para los ojos verdes de ese simpático diablillo que, en las largas noches de invierno, precisamente cuando nos llegaba cierto revuelo del redil de las ovejas, asomaba sus largas y acomplejadas orejas, por entre el perfil de la escueta ventana. Con tanta preposición. Con tanto temporal aquietante.

Así lo relata Antón. Todos tienen los ojos como plato de guisado:

Esperad que venga la abuela. Os tintinearán los dientes. Calzaréis estupor. Se esconderán vuestros labios en los prados. Vendrá el diablillo a haceros cosquillas en las puntas de los pies. Os quiere robar un poco de toda la sonrisa que os sobra. Es lo único que quiere. Se conoce que algún otro genio le jodió la vida y dejó sin ella. Y claro, quién más que vosotros para regalarle un poco de la que os sobra. Él no va en busca de renegados ni gruñones, porque a esos no les puede robar nada. Pero a vosotros, sí, y por eso se dice que cuando de noche sonreís, y fuera nieva, y dentro la hoguera rebate, y las ovejas hacen sonar sus atolondrados alambiques de cobre, y vosotros os dormís junto al fuego, y el abuelo asa las castañas, y el padre pide un poco de calor al vino, y las hayas permanecen dormidas, y la luz es un espectáculo oscuro, y todos nosotros estamos vivos y otros tantos están muertos, el geniecillo aparece pero llama a la puerta con sus orejas. Pide permiso. Nosotros solo sentimos el aire y algún golpe en los tobillos. Pero es él. El enfadado y tímido genio que vive gracias a nosotros. A un poco de sonrisa que nos toma prestada. Pero no se confundan, porque no quita lo que no tenemos. Ni se lleva las sobras. Ni nos deja menos. Él se pone enfrente de la sonrisa, la imita y luego, con ella puesta, dice chau y hasta luego.

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