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Raúl Ruiz-Berdejo. Secretario local del PCE de Jerez

Pasados unos días desde la celebración de las últimas elecciones al parlamento europeo, considero necesario incidir en el análisis de unos resultados que han sacudido de forma brutal el escenario político en nuestro país, trascendiendo de los propios comicios europeos e inaugurando un nuevo, interesante y esperanzador tiempo político.

La primera conclusión salta a la vista y apunta al bipartidismo. La caída de las dos fuerzas que sostienen al régimen es evidente. Si tomamos como referencia las elecciones europeas de 2009, veremos cómo en sólo cinco años han pasado de superar el ochenta por ciento de los votos a no alcanzar, ni tan siquiera, el cincuenta y de sumar casi trece millones de votos a acumular siete millones y medio. Dicho de otra forma, en cinco años, PSOE y PP han perdido más de cinco millones de votos. El mensaje es claro y debe interpretarse como un rotundo no al régimen que ambas fuerzas han construido pero, sobre todo, como un castigo a la sumisión manifiesta de las dos caras de ese régimen y a su complicidad con el poder económico mundial frente a las mayorías sociales.

Por el contrario, la izquierda alternativa experimenta un notable crecimiento que percibe concebir la esperanza de un verdadero cambio. El trabajo de Izquierda Unida, presente en las luchas que cada día libra el pueblo en las calles y en las instituciones, desde las que ha jugado el papel de portavoz de esa mayoría social y trinchera frente a los recortes, se ha visto recompensado con un crecimiento cifrado en más de un millón de nuevos votos. Pero, además, ha visto cómo nacía otra fuerza, con la que comparte propuestas y objetivos, e irrumpía en el escenario político nacional con más de un millón de votos. Sí, les hablo de Podemos, la agradable sorpresa que nos tenía reservada esta cita electoral.

Podría interpretarse que la fuerza liderada por Pablo Iglesias es una amenaza para el crecimiento de Izquierda Unida, que su irrupción podría acentuar esa tendencia de la izquierda española a fragmentarse, una y otra vez. Sin embargo, los resultados electorales nos invitan a pensar que, lejos de mermar las posibilidades de ascenso de Izquierda Unida, Podemos ha ampliado el espacio que, hasta la fecha, ocupaba en nuestro país la izquierda transformadora. Digo esto porque las pasadas elecciones han demostrado que el crecimiento de dos formaciones con propuestas y objetivos tan similares no tenía por qué ser incompatible sino que, por el contrario, podía ser complementario.

Si analizamos detenidamente los resultados, llegaremos a la conclusión de que Podemos bebe de un electorado que, por distintas razones, estaba lejos de depositar su confianza en Izquierda Unida, lo que explica la ausencia de interferencias entre el crecimiento de los unos y la irrupción de los otros. Con su mensaje fresco, su hábil manejo de la comunicación y una metodología inspirada en el 15-M, Podemos ha sabido reclutar el voto de quienes buscaban algo nuevo, ese electorado al que, por unas razones o por otras, IU había sido incapaz de llegar.

Por eso, quienes entendemos que los partidos políticos no son más que instrumentos con los que tratar de cambiar la realidad, no podemos más que aplaudir la llegada de aliados en lucha por la conquista de esos objetivos. Máxime si, como ha quedado demostrado, el crecimiento de los unos y los otros puede ir en paralelo. Al fin y al cabo, tanto los votos sumados por Izquierda Unida como los que logrado acumular Podemos son votos al servicio de unos objetivos compartidos. Luego, si partimos de esa premisa, concluiremos que la izquierda transformadora ha multiplicado exponencialmente sus apoyos y empieza a vislumbrarse como alternativa real al bipartidismo borbónico instalado en España desde el 78.

Es posible concluir, por lo tanto, que la verdadera izquierda se encuentra ante una oportunidad inmejorable para conquistar el espacio que tanto necesita y devolver el poder a la gente. Es fundamental, para ello, acertar en el análisis de los resultados que arrojaron estas elecciones y, sobre todo, en la estrategia a seguir de ahora en adelante. Espero, sinceramente, que nadie caiga en el error de hacer “la cuenta de la lechera” y considerar que una hipotética suma de siglas podría convertirse en un atajo que nos acerque al objetivo, porque no es así. Podemos e IU no son lo mismo, aunque puedan compartir la mayoría de sus propuestas, y entender la unidad de forma tan simplista sería un error que, en las circunstancias actuales, podría considerarse imperdonable. Los unos y los otros se desnaturalizarían, perderían su esencia… Porque en política, dos y dos nunca son cuatro. Y la unidad, como instrumento para la acumulación de fuerzas, no debe cimentarse sobre los pilares de lo meramente electoral. La verdadera unidad, estratégica y de largo recorrido, debe cimentarse en las calles, en las luchas que, día a día, se libran contra este régimen capitalista. Será ahí donde, quienes compartimos esas luchas, nos agarremos de la mano, pondremos en valor todo lo que nos une y quedará de manifiesto quién está a nuestro lado en la trinchera y quién está frente a nosotros. El resto vendrá sólo y, creo sinceramente, que será la inevitable consecuencia a la que nos conduzca la certeza de que unidos tenemos un mundo nuevo por construir.



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