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Lo que al principio fuera anécdota o restauración de mal gusto terminó siendo un acontecimiento mundial, en gran parte debido a su viralización en las redes sociales. 

Muchos se acordarán del Ecce Homo ubicado en Borja (Zaragoza). Aquel que una singular señora, Cecilia Jiménez, restaurara con su particular sentido artístico. Tal autora: una simple y sencilla mujer de pueblo, como muchas de las que me encuentro en las calles del mío. De eso hace ya cinco años.

Lo que al principio fuera anécdota o restauración de mal gusto terminó siendo un acontecimiento mundial, en gran parte debido a su viralización en las redes sociales. Además, tal fenómeno sin parangón no solo catapultó a la fama a Cecilia, sino que también situó en el denso mapa de la globalización a la localidad zaragozana de Borja, muy cerca de donde nació mi padre.

Cecilia Jiménez, que siempre había querido ser pintora, logró con creces su ilusión sin ni siquiera habérselo propuesto: salió en la televisión; escribieron acerca de ello en todos los medios; el pueblo le dedicó una exposición; y, parece que actualmente su restauración del Ecce Homo es considerada como un icono del arte pop del siglo XXI.

Es lógico que el impacto de la obra, el número de visitas o el haber alcanzado el estatus de icono, provoque las iras, envidias o estupefacción de tanto artista plástico o crítico de arte contemporáneo. Los postulados o discursos ininteligibles de estos últimos quedaron ridiculizados por el Ecce Homo, además de quedarse con el culo al aire después de las denuncias de Avelina Lésper, el mayor azote teórico que le ha salido al “arte contemporáneo”.

Sin embargo, el impacto del Ecce Homo va mucho más allá de lo artístico o social, máxime en una sociedad fuertemente influenciada por medios de comunicación, agencias de publicidad y demás estrategias del marketing. Tal y como señala Pablo Ortiz de Zárate en un artículo para El Confidencial, con la misma marca han sacado “peluches, llaveros, vino, libros…”, así como “libros, musicales, óperas, documentales y cortos de ficción en los que la historia de Cecilia se ha ido distorsionando hasta el límite del absurdo”.

Y ahí es donde quería llegar, hasta el término “absurdo”, el cual encaja perfectamente en la idiosincrasia de buena parte de la sociedad actual, tan crédula y susceptible a ser manipulada que, con un poco de estrategia o marketing, pueden encaminarla hacia cualquier tipo de emociones en virtud de eso que actualmente llaman "viralización”.

Viralizar que es sinónimo de que cualquier tipo de información, situación u obra artística –en éste caso- se reproduzca de forma exponencial y en un corto espacio de tiempo. Con lo cual, la difusión de un hecho ya no depende tanto de la calidad del contenido o su contribución a un cambio positivo de paradigma, sino que la dejan en manos de las emociones de un público predominantemente inmaduro, consumista y poco responsable.

Así es como el Ecce Homo para bien o para mal, ha alcanzado la categoría de “icono” a la que aludía anteriormente, aun hasta los mismísimos confines del absurdo, pero al mismo tiempo debería suponer una cura de humildad o reflexión para el sector del arte contemporáneo.

De mi parte, no tengo ningún inconveniente en valorar positivamente el fenómeno del Ecce Homo, precisamente porque pone en tela de juicio los fundamentos del arte postmoderno, supone un eslabón más en lo que anticipaba Avelina Lésper, da oportunidad a “talentos” invisibilizados por la reducida élite cultural; y, deja un claro mensaje a la sociedad actual, que se emociona fácilmente con cualquier huevada con independencia del valor de su contenido.

Todo ello sin olvidarnos de Cecilia Jiménez, la amable señora de Borja, pues quienes tuvimos el privilegio de haberla conocido personalmente, sabemos de su buen corazón. No en vano, por ejemplo, el cantautor aragonés Ángel Petisme le dedicó la excelente canción Ecce Homo incluida en su disco El Ministerio de la Felicida, y cuyo videoclip contó con la participación de la icónica pintora.

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