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Desde que tengo memoria de visitar el museo de Cádiz, recuerdo mi fascinación por el retrato de Livia. Cada vez que iba de pequeño a ese paraiso de la Plaza de Mina, me lanzaba directo a la gran sala de escultura romana.

Desde que tengo memoria de visitar el museo de Cádiz, recuerdo mi fascinación por el retrato de Livia. Cada vez que iba de pequeño a ese paraiso de la Plaza de Mina, me lanzaba directo a la gran sala de escultura romana, donde preside la estatua colosal de Trajano traída de Baelo Claudia y a allí la veía, tímida, a la espalda del gran emperador, pero…qué fascinante.

Iba hacia ella imantado, ese pequeño busto, tan delicadamente labrado en un mármol blanco de un grano muy fino y con vetas marrones sobre el ojo izquierdo, la nariz y el mentón. No sabía entonces la identidad de aquella remota mujer que me miraba con ojos grandes, blancos y sin pupila pero sentía por ella, por ese busto, la misma fascinación que otros pueden sentir por una determinada actriz. Sólo sabía lo que ponía en la pequeña cartela: RETRATO DE LIVIA. Medina sidonia.

Luego, pasados los años, supe que mi fascinación estaba justificada. Esta mujer de rasgos delicados y ojos grandes, con su peinado nodus (tupé levantado en la frente y ondas en los laterales) era tan fascinante como su retrato. Hija de Marco Livio Druso, esposa de Augusto en segundas nupcias y madre de Tiberio. Contemporánea de Cleopatra y bisabuela de Calícula. Fue muy querida por el pueblo romano y su imagen ampliamente difundida, siendo muy influyente tanto en el gobierno como en la moda femenina de la época. Roma, que heredó de Grecia la práctica del retrato, con Livia fue sumamente pródiga en representarla; en el Louvre la tenemos representada como la diosa Ceres y en el arqueológico Nacional de Madrid pude verla regiamente representada, sentada, divinizada de Paestum y de cuerpo entero.

¿De cuerpo entero...? En Cádiz tenemos su busto pero ¿y el cuerpo? me pregunté en mitad del maravilloso Arqueológico Nacional. Y por aquello tan Junguiano de la cincronicidad, días más tarde, leo en la prensa local: "Livia recupera su cuerpo" ¡Qué casualidad!
Me fui disparado al museo para verlo y allí estaba. No podía creerlo, qué maravilla. El pequeño busto (34 cms) que conocía desde niño, tenía un esbelto cuerpo de mármol blanco con restos de policromía azul. Hice una reconstrucción mental de su posible apariencia original: manto azul añil oscuro, pelo negro, ojos grandes... pero ¿dónde estaba este cuerpo? No tardé mucho en averiguarlo. En el propio museo, en los almacenes, número de inventario 7.028. Apareció en 1960 en un yacimiento de la antigua Asido Caesarina (Medina Sidonia) junto con el busto y dos cabezas más: Germánico y Druso el menor. Y ahora, tantos años después, los arqueólogos José Beltrán y María Luisa Loza lo habían hallado y cuando os escribo esto, el IAPH (Instituto Andaluz de Patrimonio) está realizando una reconstrucción tridimensional para calcular su aspecto original. Se cerró el círculo y la triada de retratos de Livia queda completa. París, Madrid, Cádiz. Bonito recorrido ¿no?

 

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