Captura de pantalla 2020-01-22 a las 13.49.29
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—No le des más vueltas, el tema no da para más. A partir de ahora, cualquier burrada es válida bajo el falso mantra de la libertad de pensamiento.

Mi amigo Pituffo Gruñón había venido a visitarme a casa junto a Pituffo Bromista y Pituffina . En nuestra pequeña sala de estudio —donde mis hijas se dejan la piel todos los días para que en el futuro nadie les diga cómo tienen que pensar o qué pueden hacer— comentamos animados la nuevas burradas de .

—Lo peor -expuse- es que ya no tienen complejos y mienten sin el más mínimo pudor. Acusan a feministas, inmigrantes, homosexuales, y pronto hablarán del contubernio judeomasónico, de interferir en las contenidos de las clases que reciben sus hijos.

No caigas en la trampa. Vox sabe bien lo que hace -advirtió Gruñón-. Buscan hacer daño intencionado al sistema público para favorecer así los centros privados y “concertados”. En estas escuelas, los menores estarán protegidos de todos los pervertidos que, durante estos últimos años, han intentando que los niños y niñas de diez años se conviertan en Rocco Siffredi o Lucía Lapiedra.

—Claro, claro… por eso todos los días hay manifestaciones de padres asqueados en los colegios...- agregó Pituffina.

—Les da igual -continuó Gruñón-. El truco consiste en crear un problema donde no lo hay.

—Como cuando iban a barrios en los que había centros de Menas para acusarles de ser delincuentes peligrosos, mientras los mismos vecinos insistían en que allí no había problema de convivencia alguno.

—Exacto, Pituffina. Son temas que la mayoría de la sociedad ya había aceptado con normalidad. Saben bien que, haciendo ruido, encontrarán resonancia en los neandertales acomplejados que se sienten amenazados por las mujeres no sumisas, las personas no heterosexuales o, incluso, por los científicos,…

—Jose -me pregunta la bella pituffa- tú eres psicólogo, ¿cómo se llama ese mecanismo de defensa?

—¿Tú eres psicólogo? Yo pensaba que eras periodista y cobrabas por escribir artículos…

—Qué mala baba tienes, Bromista -le respondí para, de inmediato, contestar a mi amiga-. No soy psicoanalista pero creo que te refieres a la proyección. Consiste en ver en los demás características propias.

—O sea, que a nuestro querido troll facha, cuando cantaba el Cara el Sol con sus compañeros de clase, no sólo se le levantaba la mano...

Pituffina abrió los ojos al máximo en señal de estupefacción y Gruñón se atragantó con el café.

—¡Bromista, ya está bien! -le espeté-. No me gusta que entremos en esos juegos.

—Vale, vale… Chico, no sé por qué te enfadas tanto, pero ya paro.

—Continua, por favor -solicito a un Gruñón ya repuesto.

—En la programación y aprobación de las clases complementarias participa el consejo escolar en el que están integrados los padres y madres elegidos por votación. Por tanto, LOS PADRES YA TIENEN VOZ sobre estos aspectos. Decir que en nuestros colegios se enseñan juegos eróticos a niños menores de seis años o que hay clases en las que se hacen prácticas de sodomía o zoofilia es un insulto muy grave al personal docente y a toda la comunidad educativa pública -padres incluidos-. Se os acusa de permitir estas prácticas en el centro y mirar para otro lado. Sinceramente, creo que estáis tardando en responder y enseñarles a todos estos hombres y mujeres de las cavernas dónde está el límite. No sé a qué espera la Fiscalía para intervenir ante estas declaraciones. Igual es que algunos están más ocupados intentando meter en la cárcel a cómicos y titiriteros.

—Probablemente tengas razón. Pero reconoce también que es muy complicado luchar contra su ejército de borregos que difunde bulos sin contrastar ni aportar datos reales…-añadí.

—Umm…, ¿a qué me suena? ¿No había alguien que decía sacar datos inexistentes de la Interpol? ¡Y de la wikipedia! -la carcajada del más irreverente de los Pituffos contagió esta vez a sus compañeros. Sin embargo, a mí, una vez más, me resultó irritante.

—¡Bromista! ¡No quiero volver a repetirlo! Intento que esto sea una columna de opinión seria. No tengo ganas de convertir a un troll en protagonista.

—Lo sieeento…. - la disculpa de Gruñón no pareció muy sincera. Pese a ello, intenté de nuevo retomar el tema rescatando algo de mi memoria-. Recuerdo mi etapa de delegado provincial de Cruz Roja Juventud en Cádiz. Nosotros ofrecíamos talleres, entre otros, de educación sexual a alumnos de Secundaria. Los centros elegían si querían el taller, y los profesores estaban en clase mientras nuestros voluntarios lo impartían. No recuerdo haber escuchado protesta alguna. ¡Y de esto hace casi 20 años!

—Insisto, el problema no existe salvo en la mente calenturienta y enferma de estos personajes.

—¿Calenturienta? -Ya me daba miedo por donde podía salir Bromista tras las últimas palabras de Gruñón-. ¿Cómo se sentirá nuestro comentarista cuando se entere que forma parte de los calentólogos que tanto critica?

—¡Basta ya! -Alcé mi mirada de enfado e intenté que esta se mostrara lo más firme posible. Lo reconozco, estaba irritado con los comentarios de Bromista, que ya se contagiaban a través de las sonrisas encubiertas de Gruñón y Pituffina.

—Pero, Jose, ¿por qué te enfadas tanto? Nuestro amigo troll debe estar agradecido.

—¿Qué quieres decir, Pituffina? -le pregunté, aún enfadado.

—Somos los únicos que le damos un poco de bola. ¿De verdad piensas que alguien más lee sus interminables e insufribles comentarios? Venga Jose, reconoce de una vez que sois tú y algún que otro amigo tuyo, los que escribís comentarios bajo otros seudónimos -I need love, Supercanijo, Homeless…- ¡Si incluso tú mismo lo animas a que te dé caña en tus artículos!

—Me recuerdas al director de cine Kevin Smith cuando se unió a una protesta de radicales religiosos católicos contra una de sus películas. El tipo incluso llevaba un cartel contra él mismo, jajajaja…

Pero esta vez, ni siquiera oí el último comentario de Bromista. De repente, la ira que sentía se vino abajo. En realidad, Pituffina solo había dicho lo que sus amigos ya sabían. Ante sus miradas de incomprensión por mi postura, seguir negándolo era ridículo. Mis buenos amigos pituffos nos conocen demasiado bien, tanto a mis colegas como a un servidor.

—De acuerdo, está bien, lo reconozco. Es cierto. Pero os prometo que había una razón para ello…

—¿Y cuál era? -preguntó Gruñón-. Comprendo que un tocapelotas como tú no se calle ni debajo de agua. Pero, ¿por qué le das tanta bola a alguien tan insignificante? No creo que a los lectores del Club del Pituffo Gruñón le importe nada semejante troll. La gran mayoría no sabrá ni a quién te refieres.

—¿Lectores?- interrumpió Bromista- ¿Realmente creéis que tenéis alguno?

—¡Eh, oye! ¡No te pases! -respondió mi admirado Pituffo, protagonista verdadero de esta columna semanal.

Mientras tanto, yo permanecí callado intentando ocultar mi respuesta.

—Podías escribir un artículo donde nuestro César sea el ejemplo de todos esos personajes que se esconden en el anonimato de internet para mostrar su verdadera y podrida personalidad.

Pero mi silencio sirvió para hacerles comprender a mis amigos que aquellas no eran las razones de mi sincero interés por nuestro César. Sin embargo para encontrar la respuesta no resultó necesario que yo hablara. Fue Pituffina quién respondió.

—¿No os dais cuenta? En el fondo siente lástima por él.

Ante las sorprendidas caras azules de mis amigos pituffos me derrumbé. Mis lágrimas no podían esconder más engaños.

—Una persona que dedica tanto tiempo de su vida a contestar de forma tan extensa y ridícula la mayoría de artículos que se publican en este digital no puede ser alguien con una vida plena y feliz. ¿No os dais cuenta? En realidad sus comentarios son una llamada de socorro. Yo sólo pretendo que, por una vez, se sienta realmente integrado y admirado.

—¡Cáspita, tienes razón! -Bromista dejó las risas aparcadas.

—Jose, pero tú eres psicólogo. Si quieres ayudarlo, no es el camino. Sabes bien que eso no solucionará su problema, es más, estás colaborando a que eternice su pensamiento retrógrado.

—Lo sé, Pituffina lo sé… pero no puedo evitarlo -dije mientras las lágrimas se escapaban de mis ojos-. Alguien así ya no tiene esperanza de cambio. Al menos, que dentro de su mundo machista, homófobo y negacionista encuentre un rayo de luz que le haga creer que alguien le sigue- una breve pausa silenciosa llena de arrepentimiento se coló entre mis palabras-. Pero tienes razón. Amigos pituffos, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a hacerlo!

Ante mi sincero acto de contrición, Gruñón, Bromista y Pituffina fueron compresivos.

—Lo paradójico -pensó en voz alta la pituffa- es que una de las pocas respuestas que no hicisteis vosotros fue la de aquel artículo llamado Así cosía y en ese es donde, curiosamente, te atribuye el comentario de alguien que firmaba con el seudónimo de Pitufa hasta el c***.

—Yo creo que le cabreó que una mujer le contestara y lo dejara en ridículo -apuntó Bromista.

—¿Ah, sí? No lo sabía. Lo siento, aún estoy leyendo su respuesta de mi segundo artículo. Pero…un momento, ¿cómo sabes que esa pitufa no era yo? -le pregunté intrigado a la única chica rubia de la aldea.

—¿Bromeas? -respondió con su bonita sonrisa-. Sea quien sea esa pitufa, razona y escribe 20.000 veces mejor que tú.

Para César, con todo mi cariño, de parte de un humilde Pituffo Payaso.

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