El cinturón morado

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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Me siento a gusto definiéndome como andaluz, me siento "raro" si me defino como gaditano o europeo, asumo con resignación ser jerezano o español. De alguna manera empatizo con los catalanes, si yo me pudiera "bajar" de España lo haría, pero eso implicaría negar lo que realmente soy y -a diferencia de los catalanes- no tengo los recursos que respaldarían tal autoengaño, no podría, aunque quisiera, amputar mi "españolidad".

La identidad, la manera en que nos definimos y percibimos a nosotros mismos, es un proceso mas fácil de comprender si consideramos no somos una única identidad sino una comunidad de identidades que se relacionan, complementan e incluso contradicen entre sí. Me defino a mi mismo como muchas cosas a la vez, soy hijo y también padre, me consideraba de izquierdas y ahora de los de abajo. En mi caso el encaje mas difícil viene, sin embargo, del esfuerzo de 
asumir sin incoherencias las capas superpuestas que componen mi identidad geográfica.

Andalucía es una preciada parte de mi identidad, con la suficiente entidad y coherencia como para, a título práctico, ocupar el lugar de España. Incluso para un extranjero Andalucía -sus climas, sus territorios, sus gentes, sus costumbres- es claramente reconocible como entidad. Andalucía ocupa en mi mente exactamente el mismo lugar que ocupa Catalunya en la mente de Joan Junquera, por ejemplo.

Estoy seguro que Andalucia lo llevaría bien siendo independiente, sólo con poder procesar y gestionar nuestra riqueza natural creo que ya saldríamos ganando.

La diferencia entre un catalanista y yo mismo está en las atribuciones que hacemos. Yo no creo que el origen de los problemas de Andalucía radique exclusivamente en otras entidades territoriales. Los problemas de Andalucía, como los de Missouri o Escocia, tienen las mismas causas, más relacionadas con la existencia de elites extractivas, parasitarias, sin identidad territorial definida. Su identidad se basa en el dinero y los poderes financieros  no tienen patria ni reconocen nación alguna.

Andalucía es la base de mi identidad cultural, por delante del resto, sin excluirlo. No todo lo andaluz me parece positivo ni lo español es necesariamente negativo. El mensaje catalanista es otro. Cataluña parece contener solo elementos positivos, no pudiendo desplegar su potencial al estar lastrada por el resto de los españoles, a los que no se percibe como compañeros o compatriotas, sino como parásitos. Usan -aposta- el antagonismo como fuente de identidad colectiva, somos catalanes porque somos diferentes a esa recua de españoles que viven a nuestra costa en lugar de trabajar.

La "integración" consistía, en el fondo, en anular otras identidades, por el simple medio de secundarizarlas y acentuar su carácter folclórico. Se limitaron a copiar el procedimiento usado por el régimen en toda España, en virtud del cual las hablas, las costumbres, los signos externos de esas identidades locales no eran más que muestras de incultura, localismos fruto de la ignorancia, las identidades locales eran vergonzantes, un defecto a ocultar.

Les salió muy bien, los charnegos son ahora un granero de votos independistas. Aquí -y en Extremadura o Galicia- los conocemos bien, se han aferrado a su identidad de nacimiento, renegando de la que sus padres trataron de legarles, no secundarizandola, sino anulándola del todo. Es comprensible, el apartheid cultural del régimen, hacía deseable la integración absoluta, coherente con el antagonismo xenófobo que tomó por bandera. Si querías medrar unos apellidos , un acento (síntomas externos de una identidad) "forasteros" eran un obstáculo.

Durante un tiempo el cinturón rojo, sin embargo, se les resistió. Las ciudades dormitorio, refugio de obreros y emigrantes, fue feudo del PSOE que se erigía como garante de esas otras identidades, de esa posible -y seguramente beneficiosa- convivencia, la mayoria de los emigrantes votaban al PSOE porque este era capaz de responder a sus demandas, o al menos eso creían ellos.

A estos otros catalanes, que se sienten primero catalanes, pero también otras cosas, que no excluyen sino que incluyen. A estos Podemos se ofrece como alternativa para construir un futuro juntos.

Un futuro en el que todos caben, en el que se es catalán de pleno derecho sin importar tus apellidos, sin necesitar amputarte partes de tu identidad. Para construir ese futuro, decía, antes hay que ganar una batalla, hay que recuperar ese cinturón y cambiarle el color.

Es probable que la clave esté en esos primos lejanos, sobre todo en los que aún conservan parte de su identidad ligada a los olivares de Jaén o las calas de Conil.

Si se dan cuenta que se puede ser la vez catalán y andaluz, gallego y europeo, cántabro y español, si se dan cuenta de eso, de que en realidad no son más que distintos aspectos de la misma persona y lo expresan en su voto, si cambian el color del cinturón, entonces quizás podamos seguir navegando juntos, si no es así me temo que nos vamos a ver, todos, en un embolado que sólo beneficiará a los de siempre, cuya única patria está en su bolsillo.

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