El carro morado

Antonia Nogales

Periodista & docente. Enseño en Universidad de Zaragoza. Doctora por la Universidad de Sevilla. Presido Laboratorio de Estudios en Comunicación de la Universidad de Sevilla. Investigo en Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital de la Universidad de Zaragoza.

La periodista María Gómez.
La periodista María Gómez.

Durante la campaña para las elecciones presidenciales de 1848 en Estados Unidos, un popular payaso llamado Dan Rice invitó al candidato Zachary Taylor a subirse a su carro de circo cuando desfilaba ante la multitud. La acción resultó tan eficaz en términos publicitarios que el resto de presidenciables intentaron emularla. Parece ser que de ahí nace la expresión “jump on the bandwagon”, o en castellano “subirse al carro”. Taylor, del Partido Whig —alma mater en muchos sentidos del actual Partido Republicano—, barrió en las urnas a su oponente demócrata. No sabemos en qué medida contribuyó el carro del payaso a la victoria del general, aunque nos inclinamos más por la hipótesis del heroísmo de guerra en la América convulsa de mediados del XIX.

El presidente Taylor, con carro y todo, no pudo evitar tener uno de los mandatos más breves de la historia estadounidense. Al igual que Harrison y Garfield, ni siquiera llegó a gobernar un año. A los tres los sobrevino la muerte en pleno mandato. Por lo que he podido leer, Taylor fue el primero en subirse al carro —al menos, de forma literal— pero después han venido muchos otros. Últimamente son tantos y tantas que el carricoche se acabará por desvencijar.

En estos tiempos posmodernos, si es que podemos seguir llamándolos así, nos apuntamos un tanto casi por cualquier cosa. Solo hace falta tener algo de picardía y amplitud de miras para lograrlo. O a veces ni eso: basta con estar en el lugar propicio y repetir las consignas del momento un poco más alto o con una cadencia más pegadiza que el de al lado. Son muchas las causas modernas que proporcionan buen color, muchas luchas que visten lo suyo y sirven, entre otras cosas, para hacer caja.

El feminismo, ese mediático y viral girl power, es hoy una de ellas. No sé ustedes, pero yo ya estoy bastante cansada de las actrices de serie adolescente metidas a escritoras profundas que se erigen en portavoces de la causa madre y han protagonizado portadas ligeritas de ropa para promocionar un estreno. Ahora que las alfombras rojas escasean, reciben ingresos por feministas. Harta es poco. Harta de las periodistas que realizan alegatos virales promocionados por cadenas denigrantes mientras resaltan los encantos físicos de unos machos peloteros. Harta de que el carro esté tan lleno.

Y esos carros que aparcan frente a los platós, que llevan a los retuits, que conducen a las grandes editoriales, a las cuentas rentables de Youtube, a la primera línea de la manifestación… esos carros suelen rebosar mediocridad y oportunismo a partes iguales. Nunca están de más las voces que bramen contra la injusticia, contra la supremacía patriarcal y el repugnante sesgo machista que siguen arrastrando nuestras sociedades. No obstante, parece que es demasiado pedir un poquito de coherencia.

Harta de la concienciación repentina, de esta especie de sarampión morado que le viene dando a muchos y muchas solo de puertas para afuera. Harta de las que rentabilizan un discurso facilón y acaban de descubrir América, pero la América del presidente Taylor. Harta de ese feminismo de portada que brota de pronto una mañana como un sarpullido al sonar el despertador. Ese carro está muy lleno y, al contrario que en 1848, hay más de un payaso a bordo.

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