El busto de Zenobia

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

marga
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Marga Gil Roësset. Un nombre totalmente desconocido para mí hasta que llegó a mis manos un artículo de Antonio Lucas. Ilustraba el escrito una fotografía de esa mujer, muy joven. No pude dejar de mirarla. Más bien, era incapaz de apartar mis ojos de esa mirada suya tan intensa, tan hermosa, tan especial, tan turbadora.

La curiosidad por saber qué había detrás de ese rostro que me había conmovido tanto me llevó a leer el artículo. La historia que se contaba me dejó absolutamente sobrecogida. Nació Marga Gil Roësset a principios del siglo pasado, en 1908. Fue una niña prodigio, cuyas aptitudes fueron fomentadas por una madre enamorada del arte que supo transmitir a su hija su pasión por la cultura. Con apenas veinte años, además de hablar cuatro idiomas y dibujar con maestría, era una escultora admirada por la fuerza de sus tallas, por su originalidad, por su energía, por su perfección.

En 1930, a los 22 años, presentó una escultura, "Adán y Eva", a la Exposición Nacional y sorprendió a todos con su lenguaje personal, con su genialidad y con una juventud arrebatadora.  Pero dos años más tarde, en 1932, una noche aciaga asistió a una representación de ópera y le presentaron al hombre que determinaría su destino. Era nada más y nada menos que Juan Ramón Jiménez. Él tenía entonces cincuenta y un años. Nadie, salvo ella, podrá saber nunca la impresión y las emociones que sentiría la joven Marga al conocer a ese hombre complejo y extraño que fue el poeta.

Marga se ofreció a hacer un busto de Zenobia. Y lo esculpió en piedra. He podido encontrar fotografías de este busto que me ha estremecido e impresionado sobremanera. Zenobia Camprubí, esa mujer culta e inteligente que vivió toda su vida a la sombra de ese marido suyo tan especial, surge con fuerza, rabia y poder de la piedra y grita con fuerza al mundo y proclama su identidad. Es un retrato del alma de Zenobia.  En esa escultura se vislumbra la verdadera fuerza moral y ética de la mujer del poeta. Es el retrato más real que he visto nunca de ella, en su sentido literal, más incluso que las innumerables fotografías suyas que he revisado tras verlo. Y mientras Marga esculpía en la piedra el retrato de esa mujer a la que admiraba, se consumía de amor por Juan Ramón. El poeta miraba esa veneración con simpatía, ajeno al abismo de pasión que sufría esa joven que acudía a su casa con asiduidad, cargada de regalos, flores, cintas y dibujos. Incluso dicen algunos testimonios que con cierto agrado, por lo que nunca cortó de raíz la devoción de la joven artista. Marga, mientras, escribía un diario en el que expresaba sus sentimientos y, al poco tiempo, fue a ver al poeta y se lo entregó con la advertencia de que no lo leyera aún.

Tras esta rápida visita, se dirigió a su estudio, destruyó casi toda su obra, y tras escribir una serie de cartas a su familia, se pegó un tiro en la cabeza. Era el 23 de julio de 1932. No murió al instante, sino cinco días más tarde. Está enterrada en el cementerio antiguo de Las Rozas, pero no se sabe bien dónde, pues una bomba de la Guerra Civil destruyó la lápida de su tumba, “como si el azar quisiera ayudarla a borrar todo vestigio de ella misma”, en palabras de Ana Serrano.

Juan Ramón Jiménez guardó el diario de Marga y pensó en publicar un libro. Hubo una edición parcial en los años 90, pero ahora la Fundación Lara ha publicado ese diario que entregó al poeta, junto con documentos y escritos que completan la obra y la figura de la escultora, bajo el título de Marga.

Con ciertas dramáticas semejanzas con otra escultora excepcional, la francesa Camille Claudel, las terribles circunstancias de su muerte han silenciado y ocultado el esplendor y la importancia de su arte y de su obra. La historia y el legado de Marga Gil Roësset, -y la vida de su retratada en piedra, Zenobia Camprubí-, me han hecho pensar en la invisibilidad en la que permanecen gran parte de esas grandes mujeres que se dedicaron con pasión y mucho esfuerzo a su arte. Los cuarenta años de oscuridad, fascismo y nacional catolicismo que llevamos arrastrando en este país, durante los cuales la mujer estaba exiliada al ámbito privado y recluidas a unos papeles absolutamente maniqueos, han hecho que desconozcamos figuras insustituibles de nuestra historia.

Hay en España muy pocas mujeres escultoras en el siglo XX, por lo que el legado y la obra de Marga Gil Röesset, pionera en un arte reservado en su época a los hombres, es aún más importante. Afortunadamente, esta publicación ayudará a sacar a la luz lo que queda de la magnífica creación de una mujer escultora de principios del siglo pasado y para reivindicar a una artista que, a pesar de morir tan joven, ha dejado una obra que, aunque no muy numerosa, sí es muy interesante y necesaria para conocer y profundizar en la historia del arte del siglo XX. Por ello aplaudo la iniciativa de la Fundación Lara. Marga, un libro imprescindible.

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