El 'bullying' son los padres

¿Es lógico aleccionar al hijo o a la hija para que no se acerque a otro niño concreto porque no nos gusta su familia o el trabajo de sus padres?

Lucha contra el Bullying (Foto: Shutterstock)
Lucha contra el Bullying (Foto: Shutterstock)

Sé que puedo meterme en un barrizal si afirmo que eso de tener hijos no debería ser para cualquiera. Voy a explicarme mejor: ser fértiles no es lo mismo que ser aptos para traer individuos indefensos a un mundo cada vez más complicado. Tenemos el derecho (no sé si el deber) de reproducirnos y dar uso a los órganos sanos dispuestos para crear vida. Por supuesto que sí. Con alegría y libertad. Pero una persona no es una adquisición material más. Dirán ustedes que eso es de pura lógica. Vale. Y a las pruebas me remito. Creo, vehementemente, que muchos de los problemas que nuestros hijos tienen hoy día tienen su origen en una mala gestión de nuestra maternidad (y paternidad).

Nadie nos enseña a educar, ni los bebés aprenden como Superman, en una cápsula kryptoniana, en tiempo record, todo lo que deben saber acerca de valores, comportamiento social y buena conducta. No tenemos ni idea, es la verdad. Y pagamos las consecuencias. Pero no todos los papás y mamás reconocen con humildad que no saben hacerlo y muestran su buena disposición a aprender. He ahí la cuestión. Unos padres materialistas, individualistas, acomplejados, frustrados, rencorosos, etc., inocularán a sus retoños todas estas emociones venenosas sin remedio. Y eso después tiene consecuencias en el colegio, en el parque, en la playa, y en todos los lugares donde haya niños interactuando entre sí.

Mala leche ha habido siempre en las escuelas. Niños crueles y mal guiados. Acosadores. Niños matones que han inspirado novelas, películas, series. Claro. Eso del bullying no es nuevo. Sin embargo antes no se hablaba tanto, no se diagnosticaba ni se etiquetaba tanto. Y por eso mismo asombra la paradoja de que en estos tiempos en que la información es máxima, el acoso entre nuestros niños llegue a límites tan extremos como el suicidio.

Pero miren ustedes, solo hay que echar un vistazo a veces a los grupos de Whatsapp de mamás y papás del cole, donde hay enemistades latentes, competitividad, puyitas sin ton ni son. Y los cumpleaños. Ay los cumpleaños. ¿Consideran un comportamiento ético invitar a una clase al completo, excepto a dos, porque sus mamás nos han caído gordas o criticar a las que nunca participan en nada porque quizás están hasta las cejas de trabajo? ¿Es lógico aleccionar al hijo o a la hija para que no se acerque a otro niño concreto porque no nos gusta su familia o el trabajo de sus padres? Lo he vivido.

Y no es nada descabellado: son comportamientos, vicios, adultos. Como lo son no actuar cuando vemos a las claras que excluyen a un niño en nuestras narices, o es nuestro hijo el que excluye a un semejante. Y esos padres con pachorra eterna, a los que tanto admiro (entiéndase el tono sarcástico), que no se inmutan a no ser que un tsunami se los lleve por delante. Pero eso sí, luego exigen responsabilidad al colegio, a la tutoría, a la inspección y al Papa si es necesario. Escurrir el bulto es una habilidad que no se aprende.

En fin. Para ser padres, primero hay que tomar conciencia de qué significa, ser honestos, y prepararnos a fondo, autoexigirnos formación, reciclaje, sentido común y aportar al cosmos una serie de requisitos baremables que garanticen que sí que lo haremos bien, dentro de las lógicas e inofensivas imperfecciones que son intrínsecas al amor, con unos límites. Me atrevo a afirmar que el origen de todas las etiquetas y de todos los problemas está en nosotros, al menos en un alto porcentaje, y que podemos evitar a nuestros críos mucho sufrimiento innecesario si antes recapacitamos y nos curamos la insensatez.

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