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Hay dos mundos, el nuestro que se rige por la unanimidad comprimida y rígida y, el suyo, un frente abierto de diversidad y pluralidad.

El arte goza del privilegio de producir más arte. Al alimentarnos de él, sea cual sea la expresión en que se nos muestre, nos provoca una determinada inspiración, permitiéndonos pagarle con la misma moneda: otra manifestación artística. Así se puso el otro día ante mis ojos un cuadro que traía de la mano una gran cuestión: la relación del hombre con la naturaleza. Claro está que cada uno podría haber interpretado de aquella belleza abstracta lo que quisiera, sin embargo, el hecho de acudir a visitarlo de la mano de su pintora, la artista Aurora Alcaide, me permitía contar con los cimientos que ella quería transmitir. 

Esa obra maestra era el fiel reflejo de la relación que hay entre nosotros con un ente —por etiquetarlo de alguna forma— mucho más poderoso: la naturaleza. Gracias a esos colores atravesando los ojos y a las formas sacudiéndote el alma, pude notar cómo la tierra lleva tiempo alarmándonos sobre su condición de esclava prisionera, sin libertad. Quiere abolir la esclavitud en la cual la hemos encorsetado, pues hemos creído ser sus dueños desde el primer instante, sin concebir que la manipulación hacia ella provoque el efecto rebote. 

¿Qué quiero decir con efecto rebote? Me refiero a su feedback, su modus operandi para con nosotros. No se queda tranquila y en calma, sino que resurge por donde puede, sin buscar ningún tipo de simetría ni forma, simplemente refugio. De modo que, nos encontramos frente a dos mundos, el nuestro que se rige por la unanimidad comprimida y rígida y, el suyo, un frente abierto de diversidad y pluralidad. 

¿Cómo podíamos pensar que no iba a hacer nada? Es la reina del universo, tiene poder para hacernos callar a todos. De hecho, lo está demostrando cada día. No le hacemos caso porque no es de las que llora, tiene una elegancia que la hace caminar sola, pero cuando se rebela nuestras lágrimas empiezan a caer. El pasado terremoto Irma, los bosques ardiendo en llamas vivas, veranos que empiezan en abril, la hambruna que vuelve a aparecer en Sudán del Sur, la mala gestión de los recursos, las consecuentes guerras, el declive de la economía, la agricultura o la producción, son solo algunos ejemplos de sus respuestas. Ya no puede más, no sabe cómo dar a entender que no somos los dueños de cada rincón, que no podemos establecer nuestra hegemonía dictatorial sobre cualquier campo. 

Y lo peor de todo, es que somos contradictorios y paradójicos, pues desde la Prehistoria ha sido nuestra fuente de alimento y hogar. Sin embargo, ahora la remodelamos como si fuésemos sus arquitectos o… ya que estamos hablando de cuadros, podemos decir que queremos dibujarla a nuestro gusto. No nos damos cuenta de que peligra todo en nuestras manos, y hasta los propios seres que viven en ella necesitan cobijarse de nosotros. Ya lo dice el arquitecto Francesco Careri: “El hábitat natural se ha vaciado de significado para llenarse de objetos”. 

Ya lo dice el arquitecto Francesco Careri: “El hábitat natural se ha vaciado de significado para llenarse de objetos”

Con esta última declaración podemos entender aún más la gravedad del problema. Pues esos objetos son la representación simbólica de la naturaleza que queremos crear. ¿Acaso nadie tiene una maceta de plástico en su casa?, ¿o compra telas con un decorado que la simule?, ¿o pinta una habitación en verde o azul para reflejar la paz natural? Qué contradictorios somos, no la dejamos vivir pero no podemos vivir sin ella. La amarramos en callejuelas donde los setos son todos redondos, las flores tienen el mismo color y las hojas secas están quitadas nada más aparecer. Vuelve la belleza de lo perfecto. 

No obstante, hartos de esa perfección, retornamos a ella como hijos pródigos. No sabemos caminar en su ausencia y la necesitamos para romper nuestra cotidianeidad. Tanto, que aprovechamos cualquier fin de semana para respirar su aire, bañarnos en sus aguas, oler sus prados o escalar sus montañas. No queremos aceptarla, y mucho menos adaptarnos a ella, pero buscamos su amparo. Lo bueno que tiene esta reina madre es que, al igual que cualquier jovenzuelo, se rebela para conquistar nuevos espacios y, también nos seduce a los humanos. Rompe con ese binomio, deja de lado la parte antrópica para liberarse y ser autónoma. Podemos hablar entonces de una naturaleza nueva que ha absorbido, por ejemplo, los callejones sin salida que están en ruinas y los ha hecho suyos. En este sentido, cambia su forma de relacionarse y de adaptarse al entorno,  sin quedarse conforme con el papel que nosotros le asignamos. 

En realidad, se trata de una gestión de relaciones donde el ser humano muestra, una vez más, su mala praxis comunicativa. Nos hemos comunicado tan mal durante tantos años que muchos de los daños son irreparables, sin embargo, la mirada en el futuro es esperanzadora. Ya hay quien habla de nuevos enfoques y miradas, como  aprender a acercarnos a ella, cambiando el gen dominante por el recesivo; es decir, aprendiendo a vivirla y reeducando nuestra mirada.  Hablábamos en las líneas pasadas de que no sabemos relacionarnos, ya que hay gente con la que no sabemos cómo actuar. Nos ponemos una barrera y anclamos estereotipos y prejuicios antes de tiempo. Lo mismo ocurre con la madre tierra, la queremos señalar y etiquetar para modelarla a nuestra forma, sin dar cabida a su conocimiento.

Es momento de bajarnos un peldaño o dos, y asumir diferentes papeles: alumnos en etapa de aprendizaje para estudiarla, amigos jóvenes para compartir su libertad, padres protectores para impedir su sufrimiento y amantes eternos para deleitarnos con su canto entrópico. Es hora de volver a abrazarla, sentir ese binomio que en lugar de desgarrar con sus colores nuestros ojos y almas, nos permita reflexionar y beber de sus ramas.

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