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Callamos para ser los elegidos, para no resultar incómodos, para aparentar docilidad. Una vez más, para no ofender. Y es así como perpetuamos la porquería humana.

Se dicen los poemas que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, piden ser, piden ritmo, piden ley para aquello que sienten excesivo… Nadie mejor que los poetas, pocos tan atinados como Gabriel Celaya, para reivindicar el papel de la palabra como arma de combate. El arte y la poesía, cargados o no de futuro —júzguelo el lector—, son pensamiento y son acción. La palabra lleva al acto porque es el vehículo del que se sirve (y en el que se sirve) la realidad. ¿Qué haríamos sin ellas? ¿Qué esperar cuando no podemos esperarlas?

Definir: dícese de la acción de fijar con claridad, exactitud y precisión la significación de una palabra o la naturaleza de una persona o cosa. No hay más que echar un vistazo al diccionario para salir de dudas, si es que las hubiere. Definir no es ofender, o en todo caso, si de la definición se infiere una ofensa, el problema estaría más en lo definido que en el definidor. Claridad, exactitud y precisión —¡casi nada al aparato!— no están de moda, no son cauces adecuados para el siglo XXI. Quizá de ahí venga la confusión recurrente entre definición y ataque. Resulta que a un señor que ostenta un cargo público no se le puede llamar delincuente aunque figure junto a una cuantía en la documentación de un corrupto encarcelado. Ahí saltan cual clamor las alarmas de la sacrosanta Hermandad de la Concordia y de María Santísima de lo Políticamente Correcto en sus misterios insondables. Si definir, según un precepto de lo más aséptico, es precisar la naturaleza de alguien, está claro que existe también la naturaleza negra. Y eso no es culpa del que define, ni desaparece por no nombrarla… Poesía para el pobre, poesía necesaria, como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto, para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Según los gurús del marketing, al arte de nombrar las cosas se lo denomina hoy ‘naming’ —una palabreja de lo más cool—. Resulta que ahora hay autodenominados profesionales de la identidad verbal que se encargan de revestir con palabras los nuevos cacharritos, productos, aplicaciones y chorraditas varias que vamos gestando. Y paralelamente a esto, cada vez llamamos menos a las cosas por su nombre. Creamos nomenclaturas mientras arrebatamos a la verdad su atuendo léxico. Y en esto, sí que progresamos… aunque no queda muy claro hacia dónde. Nos atenaza el miedo de llamar a las cosas por su nombre, miedo al nombre de las cosas, miedo a los nombres —y sobre todo, a los apellidos— que llevan aparejadas las cosas. Tememos las represalias que pueden venir de lanzar verdades. Cuando nos sentimos en inferioridad, el poder sobre nosotros nos impide soltar ese soplo apalabrado que ensanche los pulmones, nos deja huérfanos de franqueza, nos inmoviliza. Los hay que callan para promocionar, para obtener un premio, un sobresueldo, para agradar, o simplemente para sobrevivir. Y es entonces, cuando prostituimos la verdad, cuando cometemos de veras la ofensa. Son palabras que todos repetimos sintiendo, como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos —sigue Celaya—.

En lo laboral, callamos y tememos. Callamos para ser los elegidos, para no resultar incómodos, para aparentar docilidad. Una vez más, para no ofender. Y es así como perpetuamos la porquería humana: no luchando porque la mierda se disipe o porque sea menos mierda, sino aspirando a meter la cabeza en ella y a sacarla solo de vez en cuando para respirar. Callar para conseguir un puesto, no llamar indecente al que lo es, no denunciar la vileza cuando se advierte. Así vivimos, tragando palabras, palabras e ira… tal vez porque, como diría Celaya, vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Estamos tocando el fondo. Estamos desarmados. 

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