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Hace casi cien años que se hizo la luz ante tus ojos. También te asustaba el oscuro, el hambre y la guerra.

El mayor apagón de la historia se produjo el 9 de noviembre de 1965 en Norteamérica. Afectó a 30 millones de personas a lo largo y ancho de ocho estados. Ocurrió a causa de un colapso en la red eléctrica que une la costa entre Estados Unidos y Canadá. Los sistemas de protección de la red eléctrica fallaron y todo permaneció a oscuras durante unas —presumo que interminables— catorce horas. Los apagones son un fenómeno extraño. Después de unos minutos a oscuras, el ojo se acomoda a la falta de luz y comienza a posibilitar el atisbo de bultos en la negrura. Luego esos fardos se definen un poco más y las siluetas comienzan a emerger aparentemente de la nada. La oscuridad asusta a niños y adultos. Cuando es patológica adquiere el nombre de nictofobia y se detecta por un miedo irracional e inexplicable a la noche y a la ausencia lumínica. Solo existe el temor cuando no afloran las formas. 

Siempre he creído que quienes tenemos especial propensión a disertar sobre las emociones humanas, padecemos otra fobia: una especie de pánico a la luz, una fotofobia. Soportamos el miedo a que lo que sentimos pase por el foco y seamos cuestionados, compadecidos o consolados. Para nosotros, el oscuro no es un problema. No sufriríamos demasiado en la América de los años sesenta. Como los vampiros, los noctámbulos y Joaquín Sabina, nuestro hábitat es la noche. El temor a desnudar el alma probablemente tenga también una palabreja ad hoc para describir su síndrome. Nos abruma hacerlo visible porque nos aterra volver a verlo y que se vivifique. Que le dé la luz. Hace apenas unos días lo supe. El día que viajé en tren. La noche que me despedí de ti.

Hace casi cien años que se hizo la luz ante tus ojos. También te asustaba el oscuro, el hambre y la guerra. Te abrazabas a la esquina del cortijo y a aquella pequeña de trenzas esperando a tu Antonio y a su bicicleta. Una tarde traviesa, ya en la ciudad, rocié de añil tus piernas y aún oigo resonar en mi cabeza aquellas eternas carcajadas. Me enseñaste a jugar a los chinos, me abrumaste con besos y regalos, dormí a tu lado en las noches de verano en aquella casa extraña, me abrazaste y no dejé de olerte. Llevabas mi nombre, o más bien yo el tuyo. Me acompañabas siempre, me recogías, me escuchabas. Tu delantal y tú, siempre uno. Nunca conocí tus dientes, pero jamás dejaré de pensar en tu sonrisa. Cesó la luz y aunque siempre temí poner el foco sobre el alma, nunca pensé que me sentiría tan vacía tras el apagón. Tu apagón. 

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