Ejército y coronavirus

Cristóbal Orellana.

Cristóbal Orellana

Licenciado en Filosofía (US), Diplomado en Geografía e Historia (UNED), Máster en Archivística (US), Máster en Cultura de Paz y Conflictos (UCA), de profesión archivero, de militancia pacifista, de vocación libertario, pasajero de un mundo a la deriva.

Laurentino Ceña, director operativo de Guardia Civil para la crisis del coronavirus.
Laurentino Ceña, director operativo de Guardia Civil para la crisis del coronavirus.

Cuando en verano vemos grandes incendios forestales en nuestro país, enseguida los telediarios nos ofrecen imágenes de la Unidad Militar de Emergencias (UME) con sus equipos tratando de extinguir esos incendios, a la vez que todo el país se pregunta por qué razón el gobierno no implementa equipos civiles bien formados, permanentes, bien coordinados y financiados, respaldados con los insumos necesarios, para realizar esa labor. ¿Cómo y por qué los medios de comunicación ofrecen con sus crónicas todo el protagonismo a la UME?, ¿no les preocupa que, año tras año, veamos, por ejemplo, cómo la gestión de las masas forestales carece del apoyo económico necesario que evitaría problemas? Lo mismo ocurre cuando se producen inundaciones, terremotos o epidemias… Pareciera que la UME es usada por los gobiernos de turno y los medios de comunicación para esconder las insuficiencias económicas, fruto de la época de recortes salvajes de presupuestos que hemos padecido y seguimos padeciendo, en tantos ámbitos de los servicios públicos que han de prestarse desde la Administración.

¿El gobierno trata de militarizar las conciencias a través de la permanente presencia mediática de las FAS o, acaso, trata de justificar los multimillonarios gastos militares que despilfarra anualmente en compra de armas, misiones de paz y maniobras militares? No olvidemos que la colosal deuda militar que arrastra el estado español era hace 4 años de 20.000 millones de euros.

Lógicamente, la actuación de las Fuerzas Armadas -por ejemplo, la ya afamada UME- en la crisis del coronavirus está siendo objeto de debate en las redes y en los medios de comunicación: ¿por qué la desinfección de nudos de comunicación o residencias de ancianos no la hacen, por ejemplo, trabajadores civiles contratados al efecto? Puede que porque el doble de presupuesto del Ministerio de Defensa en relación con el destinado al Ministerio de Sanidad llama demasiado la atención... aunque todo el mundo sabe que el gasto destinado a Defensa dobla, realmente, el que señalan las cifras oficiales (que camuflan la verdad de esos gastos mediante varios trucos contables). De la crisis institucional, por causa de la corrupción, de la jefatura del estado y mando supremo de las fuerzas armadas -la casa del rey Felipe VI-, para qué hablar ahora mismo...

Particularmente, el lenguaje de los políticos, periodistas y Ministerio de Defensa repitiendo que "esto es como una guerra", llama poderosamente la atención, como si nos estuvieran de algún modo acostumbrando a los ciudadanos (y no solo a través de necesarias medidas concretas como el aislamiento para evitar contagios) a situaciones excepcionales relacionadas con ataques virásicos... algo que no ocurre con, por poner un ejemplo que debe hacernos reflexionar, las 5.000 muertes anuales por causa de enfermedades respiratorias asociadas a la contaminación solo en Madrid.

Los artículos sobre la militarización de la crisis del coronavirus son muchos (https://www.eldiario.es/politica/coronavirus-Sanchez-Macron_0_1006850192.html). Incluso una encuesta se ha hecho sobre lo correcto o no del uso del lenguaje bélico para referirse a la lucha contra el coronavirus; con el siguiente resultado: 39% sí, 61% no.

No podremos ya olvidar el llamativo y poco meditado mensaje militarizante lanzado, a modo de arenga, por el general Jefe de Estado Mayor de la Defensa Miguel Ángel Vilarroya, visiblemente más preocupado en reivindicar al Ejército y a los valores militares (disciplina, espíritu de sacrificio, moral de victoria, afán de servicio...) que preocupado por el coronavirus. Pero los hay todavía más amantes del orden militar y la seguridad que prometen las Fuerzas Armadas. Como el periodista Juan Luis Cebrián, que opina que el estado de alarma es insuficiente y, sin más contemplaciones, reivindica el de excepción al tiempo que ataca impúdicamente a Podemos y a otras fuerzas políticas como responsables de que esta crisis del coronavirus no se esté pudiendo atajar con la debida celeridad (los pacifistas como contagiadores del coronavirus y de todo tipo de azotes bíblicos...):

“No es momento de abrir un debate sobre el tema, pero es lícito suponer que además de las responsabilidades políticas los ciudadanos, que ofrecen a diario un ejemplo formidable de solidaridad en medio del sufrimiento generalizado, tendrán derecho a demandar reparación legal si hay negligencia culpable. Cunden a este respecto las dudas sobre la constitucionalidad en el ejercicio del estado de alarma. Se han suspendido en la práctica, aunque el decreto no lo establezca así, dos derechos fundamentales, el de libre circulación y el de reunión. No se discute el contenido de las medidas, del todo necesarias, sino la decisión de no declarar el estado de excepción que sí cubriría sin duda alguna dichos extremos, como también la movilización del Ejército. La impresión dominante es que el Gobierno es prisionero en sus decisiones de los pactos con sus socios de Podemos y los independentistas catalanes y vascos. En una palabra, la conveniencia política prima, incluso en ocasiones tan graves como esta, sobre la protección de la ciudadanía”.

Son, por tanto, dos temas diferenciados: 1º) cuáles son las funciones concretas que se asignan al ejército en esta crisis de salud pública, y 2º) por qué las cúpulas políticas, amparadas por los medios de comunicación gubernamentalistas, se empeñan tanto en utilizar un lenguaje bélico para, según parece, adoctrinar a la población en alguna dirección epopéyica que, al menos por mi parte, no logro entender.

La ciudadanía, que está demostrando altas dosis de responsabilidad y coraje (sobre todo el personal sanitario) para resistir esta crisis, toma nota de todas estas circunstancias y se pregunta insistentemente por qué, durante la década anterior, se atrevieron algunos a privatizar, en buena medida, el sistema público de salud o a volverlo muy frágil con los recortes que se cebaron sobre él.

Esto no es una guerra, es una grave pandemia. Los discursos engolados, dramatizantes, casposos y militarizantes de algunos de nuestros altos responsables políticos no surtirán el efecto de obediencia por la fuerza que, quizás, se pretende, cuando el único valor que debe primar ahora es, sencillamente, el de la responsabilidad de todos y de todas (que es el que, en realidad, estamos viendo desplegarse por parte de la inmensa mayoría ciudadana y de los profesionales a pesar de las muy serias dificultades con las que se están encontrando nuestros sanitarios en los hospitales).

Puede que se hubiese podido evitar esta crisis sanitaria si en vez de gastos multimillonarios dedicados a las guerras y los ejércitos tuviéramos en este país servicios de salud y líneas de investigación científicas debidamente financiadas. No necesitamos un lenguaje bélico que nos convenza de nada, sino recursos sanitarios adecuados. No somos soldados, sino ciudadanos que exigimos que algunos partidos políticos no desarrollen líneas de privatización de servicios públicos que luego nos cuestan la vida. Como ha dicho una sencilla reflexión que ha circulado por la red: “Tanto invertir en armas por amenazas de guerra y nos está jodiendo un virus por no haber invertido en ciencia, salud y educación”.

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