De la EGB a TikTok: qué perdimos por el camino de la lectura

Leer no siempre es cómodo. Nunca lo fue. Lope de Vega no escribió pensando en la Generación Z, del mismo modo que Brontë no escribió para un lector acostumbrado a textos de consumo rápido

Fotograma de 'Cumbres borrascosas'.
20 de febrero de 2026 a las 09:28h

Hay vídeos que duran menos que un suspiro y, sin embargo, abren grietas profundas. El de esta joven —veintitantos años, móvil en mano, ejemplar de Cumbres borrascosas apoyado sobre la mesa— pertenece a esa categoría. Apenas empieza a leer el primer párrafo y se detiene. Frunce el ceño. Suspira. “No entiendo nada”. No es una hipérbole: lo dice con una mezcla de desconcierto y cansancio, como quien se enfrenta a un idioma extranjero sin haber comprado el diccionario. El vídeo se viraliza. Llegan las burlas, las defensas, los diagnósticos apresurados. Y, como casi siempre, el debate se desliza por la superficie.

A mí, confieso, no me ha provocado risa ni indignación. Me ha producido tristeza. Una tristeza densa, como la que se siente al descubrir que algo que dábamos por compartido ya no lo es. Porque no estamos hablando solo de una lectora concreta, ni de TikTok, ni siquiera de Emily Brontë.

Estamos hablando de un quiebre silencioso: el momento en que un texto de 1847 se vuelve, para una adulta del siglo XXI, prácticamente ilegible.

Yo soy más vieja que la puerta. Hice la EGB, el BUP y el COU. Y en aquel mundo —imperfecto, rígido, muchas veces injusto— la lectura no era una sugerencia amable ni un “si te apetece”. Era una obligación. Teníamos que leer todos el mismo libro, en la misma edición, porque se leía en voz alta, por turnos, y no había escapatoria posible. Si una frase era ardua, se desmenuzaba. Si una palabra no se entendía, se buscaba. Si el ritmo se hacía cuesta arriba, se aguantaba. Y, contra todo pronóstico, sobrevivimos.

Leí La Celestina tal y como fue escrita. Sin versión “adaptada”, sin suavizado léxico, sin red de seguridad. No entendía todo, por supuesto. Pero entendía lo suficiente. Y, sobre todo, entendía que no entenderlo todo formaba parte del proceso. Que la dificultad no era un fallo del texto, sino una invitación a crecer hasta él.

Desde hace años nos repiten que adaptar los clásicos es necesario para fomentar la lectura. Que el vocabulario original aburre. Que la sintaxis antigua expulsa a los jóvenes. Que hay que facilitar el acceso, allanar el camino, rebajar el listón para que nadie se quede fuera. Y la intención, en apariencia, es noble. Pero conviene hacerse la pregunta incómoda: ¿qué se ha conseguido exactamente?

Porque si el resultado de décadas de simplificación es que una persona adulta no puede comprender el inicio de Cumbres borrascosas —no un texto medieval ni un tratado escolástico— quizá el problema no esté en Emily Brontë. Quizá el problema sea que hemos confundido acompañar con sustituir, y enseñar con eliminar el esfuerzo.

Cumbres borrascosas no es difícil por capricho. Su lenguaje no es un obstáculo accidental, sino parte esencial de su atmósfera. Esa prosa algo áspera, ese ritmo que exige atención, esa densidad emocional que no se deja consumir a la carrera, construyen el mundo de Heathcliff y Catherine tanto como los páramos o la violencia de sus pasiones. Quitarle eso para “hacerla accesible” es como aplanar los montes para que el paisaje no canse.

Y aquí entra el elefante en la habitación: llevamos años adaptando textos, reduciendo vocabulario, simplificando estructuras, pero no estamos formando lectores más capaces, sino más frágiles.

Lectores que se sienten derrotados ante la primera palabra que no reconocen. Lectores que consideran ilegítimo no entender algo a la primera. Lectores que preguntan, con absoluta sinceridad: “¿Cómo me voy a leer un libro si no entiendo la mitad?”.

La pregunta, en realidad, debería ser otra: ¿cuándo decidimos que entenderlo todo de inmediato era un derecho y no una conquista?

Leer no siempre es cómodo. Nunca lo fue. Lope de Vega no escribió pensando en la Generación Z, del mismo modo que Brontë no escribió para un lector acostumbrado a textos de consumo rápido. La literatura no tiene la obligación de adaptarse a nosotros. Somos nosotros quienes, históricamente, nos hemos adaptado a ella. Y en ese esfuerzo estaba buena parte de su valor formativo.

No se trata de defender una nostalgia rancia ni de exigir que un adolescente lea El Quijote sin mediación alguna. Se trata de preguntarnos si, en nuestro afán por no frustrar, no estaremos empobreciendo. Si, al eliminar toda aspereza, no estamos privando a los lectores de la experiencia de superarla. Si rebajar el nivel no es, en el fondo, una forma de resignación.

Porque la comprensión lectora no se desarrolla leyendo solo aquello que ya entendemos. Se desarrolla enfrentándose a textos que nos obligan a detenernos, a releer, a buscar palabras, a aceptar que la lengua es más amplia que nuestro uso cotidiano. Y eso requiere tiempo, paciencia y una cierta pedagogía del esfuerzo que parece haberse evaporado.

Quizá el problema no sea que Cumbres borrascosas sea difícil. Quizá el problema sea que hemos dejado de enseñar a leer de verdad. A leer despacio. A leer con resistencia. A leer sin exigir que el texto se amolde a nuestra comodidad.

Adaptar puede ser una puerta de entrada. Convertir la adaptación en sustituto permanente es otra cosa. Si el objetivo era formar lectores capaces de enfrentarse a los clásicos, el experimento no parece estar funcionando. Porque cuando el primer párrafo se vuelve infranqueable, no estamos ante un fallo individual, sino ante el síntoma de un sistema que ha preferido bajar la montaña en lugar de enseñar a escalarla.

Y quizá haya llegado el momento de replantearnos algo esencial: no todo tiene que ser fácil. No todo tiene que entenderse a la primera. Y no todo lo valioso se ofrece sin esfuerzo. La literatura, como la vida, también exige altura. Y renunciar a ella, por miedo a cansarnos, es una forma silenciosa de empobrecimiento.