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Es una fecha triste para América latina, Eduardo Galeano nos dejó huérfanos de verdad y coraje. Solo se cumple un año de su pérdida y aunque su obra perviva en el tiempo, su tranquila parsimonia, esa que transmitía al hablar, ya no volverá a visitarnos en directo. Hablaba como lo hacen los que dominan la verdad de los pueblos oprimidos, tranquilo y seguro, pero con la rabia necesaria en la cadencia de sus palabras, para que embriagados en él, en una atención perfecta, nadie osara interrumpirlo. La música que solo la naturaleza dio al hablar a los del sur del cono sur.

Conocer la historia de América, al margen de la obra del uruguayo, sería una labor incompleta. La visión de los que ganan las guerras, esquilman, roban, humillan y sacan beneficios se impondría ante la verdad. Una verdad que aun necesita de escritores e historiadores con vocación libertaria y de valentía ante el papel en blanco.

Desde el descubrimiento de América hasta pasar por la imposición de dictaduras militares patrocinadas por EEUU, el tiempo se ha detenido ante su mirada crítica en sus ensayos. Una visión preclara encargada de contener al colonialismo y restaurar el honor de poetas y revolucionarios asesinados por salvaguardar el concepto de la patria libertaria, la democracia, la auto gestión y la revolución. Un cirujano preciso encargado de reparar aquellas venas abiertas, expuestas a la infección, con una sangre que riega la dignidad de los campesinos, mineros, maestros y guerrilleros que lucharon y luchan en contra del imperialismo y de una ciudadanía secuestrada por el capitalismo, en un perpetuo síndrome de Estocolmo, incapaz de ver como su confort y modelo de vida descansan sobre los hombros de los oprimidos.

Desde los mineros de las primitivas minas del Potosí y las manos agrietadas de los bananeros de la Fruit and Company, el crimen del Che, Salvador Allende, Víctor Jara, la operación Cóndor, Nicaragua, Zapata, Pinochet, la CIA y Bolívar hasta los intentos de descolonización por parte de dirigentes cercanos al socialismo como Correa y Evo, Galeano describe con su pluma, siempre afilada, un bálsamo en forma de trinchera segura y necesaria, de amor y verdad.

Decía a boca llena que escribía para quien no pudiera leerle, pero su obra llegó hasta las manos de Obama, en forma de regalo, en una cumbre iberoamericana por parte del comandante Chávez. Quizás alguna lágrima brotara de sus ojos, al revisar aquella biblia llamada Las Venas abiertas de América Latina y si su alma no se estremeció, tras leerla, el premio Nobel de la Paz no es capaz de sentir los lamentos de su raza en su pasado de esclavitud. No merece el color del ébano.

Muchos enarbolan la bandera de España, cuando en algún país latinoamericano se emprenden políticas de expropiación o de control sobre empresas que esquilman sus materias primas o que controlan sectores de comunicación o finanzas, estos salva patrias son capaces de sentirse atacados por ello. Como si fueran accionistas o presidentes de compañías como Repsol o bancos como el Santander. Sentido casposo de la patria, ajeno a la empatía y cercano a un alma de esclavos amantes de la tiranía que los oprime, defendían a las multinacionales como el que defiende a Fernando Alonso.

Siga usted tranquilo descansando sobre los Andes, bebiendo agua clara del Amazonas o respirando el frio aire del altiplano. El viento lo lleva en volandas, con la suave música que envuelve a los imprescindibles y a los justos. Con el salvoconducto que proporciona la dignidad, con la alegría de los indígenas y los ritmos africanos, en esa tierra que lo venera y le recuerda.

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