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Todo apunta a que, visto lo visto en este primer día de fase 1 de desescalada, estamos dando pasos agigantados para desandar el tortuoso camino andado en la dura y trágica lucha contra la pandemia por el SARS-CoV-2 (coronavirus). No se trata de señalar a ningún establecimiento (las fotos están circulando por las redes sociales y muchos, incluidas las autoridades, han visto estos hechos a plena luz del día), ni tampoco de alarmar por alarmar, pero desde luego si el camino de los próximos días es el que muchos han iniciado hoy, muy mal nos irá a todos.

De repente, multitud de ciudadanos han pasado del confinamiento absoluto al confiamiento más despreocupado. Una irresponsabilidad que, sin ánimo de ser policías de nadie, hay que parar como sea. Como si hubiésemos vivido una pesadilla de la que hemos despertado ahora como si nada hubiera sucedido. Como si los muchos miles de muertos y contagiados en España, y el sobresfuerzo impagable de los sanitarios, hubiera sido fruto de un mal sueño.

Pero no. La realidad es que el virus sigue entre nosotros, aguardando el rebrote que las autoridades sanitarias insisten en que antes o después se producirá. En Corea del Sur —uno de los modelos en la lucha mundial contra la enfermedad—, este pasado fin de semana, el Gobierno ha dado marcha atrás a la reapertura de bares y discotecas, precisamente, por el descontrol producido y por el riesgo de que la inconsciencia de unos pocos revienten todo el sacrificio y el esfuerzo del conjunto de la sociedad. ¿Queremos lo mismo en España? ¿A quién culparemos cuando volvamos al punto de partida por no querer seguir las normas? ¿Ya se les ha olvidado a algunos que hasta hace poco reclamaban luto y crespones negros en los balcones por las víctimas de la pandemia?

Las lamentables escenas, hay que insistir, no han sido desgraciadamente algo exclusivo de Sevilla y Jerez. Los bares de los territorios en fase 1, como gran parte de Andalucía, han reabierto y, lejos de garantizarse en muchos casos los mínimos de seguridad y distancia social impuestos por el decreto de estado de alarma, los clientes han llenado la vía pública de escenas que jamás deberían haberse visto. Tenemos muy poca memoria, pero jamás se podía pensar que tanta inconsciencia después de dos meses con la peor crisis sanitaria que se recuerda en este país. Por suerte, esta no es la tónica general, pero desgraciadamente la excepción confirma la regla. No se trata de alarmar, no se trata de generalizar, pero el virus sigue ahí, y si ya dejamos definitivamente de tomárnoslo en serio, si ya no aplaudimos a las ocho de la tarde porque creemos que ya no hay lucha ni pelea en los hospitales, si no somos consecuentes con nuestros actos y apelamos a la responsabilidad de cada cual, que a nadie le quepa duda alguna: más dura será la recaída.

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