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"Mientras el obispo Cases llora desconsolado por una parodia de carnaval, se echa de menos alguna muestra de sensibilidad del clero con los problemas terrenales, con el sufrimiento de tantos cientos de miles, de millones, de personas". 

Vivimos en un país lleno de personajes que parecen haber salido del túnel de los horrores. El obispo de la diócesis de Canarias, Francisco Cases Andreu, es uno de los últimos especímenes que ha emergido de la caverna lleno de furia al ver a una drag queen crucificada. Dice que la  actuación de la reinona del carnaval de Las Palmas 2017, “fue el día más triste desde que llegó a las islas…” El señor Obispo se olvidó de aquel terrible accidente aéreo de Spanair en el que murieron 154 personas… Consciente, supongo, de que se había pasado de rosca, Cases rectificó implorando el perdón de las familias de las víctimas. Resulta escalofriante la reacción fanática de su ilustrísima, anteponiendo un carnavalesco acto de transgresión al drama irreparable de la muerte.

El señor obispo confesó que se le llenaron “los ojos de lágrimas” al contemplar el vídeo de la Gala Drag. Cabría preguntarse qué siente entonces cuando naufragan los cayucos en las playas canarias, cuando las bombas arrasan los barrios de Damasco, cuando desahucian a una familia de su vivienda, o, simplemente, cuando observa las colas en las oficinas de empleo y en los comedores sociales. ¿Alguien ha oído al señor obispo de Canarias indignarse y conmoverse públicamente por estos hechos que se repiten a diario…?

No es nada nuevo decir que la mayoría de jerarcas de la Iglesia católica viven de espalda al sufrimiento de su “rebaño”; de esa Iglesia que tanto protagonismo ha tenido en la historia más negra de España: desde los tiempo de los Reyes Católicos hasta la “bendita”  (digo bien, bendecida por el clero) cruzada franquista, en la que participaron tan activamente. Por eso, para los no creyentes –como es mi caso- que respetamos todas las creencias (aunque no a los estamentos de poder que las rigen) resulta tan indignante que a cada poco consideren el ejercicio de la libertad como una ofensa a los sentimientos religiosos. Y también que esa supuesta “ofensa” esté considerada como un delito; delito que, a mi entender, entra en colisión directa con un derecho fundamental, como es el de la libertad de expresión. Recuérdese que la dirigente de Podemos, Rita Maestre, pasó por el banquillo de las acusadas por quedarse en sujetador en una protesta en la capilla de la Universidad Complutense. En su caso por la “ofensa” de ir tan desnuda como el crucificado que preside todas las iglesias e, incomprensiblemente, muchas aulas de la escuelas públicas y las subvencionadas.

Ninguno de esos jefes de la iglesia, ninguno de esos “ilustrísimas” puede ser ejemplo de nada mientras no pisen la calle

Mientras el obispo de Canarias se indigna con Drag Sethlas, o Borja Casillas, que es como se llama este graduado en Magisterio y aspirante a profesor de religión, el padre Román Martínez, acusado de abusar sexualmente de un menor en Granada dice al juez que todos sus actos se engloban en el “amor cristiano”. Tuvo que intervenir el Papa Francisco, a quien recurrió la víctima, para que se investigase a fondo las actuaciones de este cura presunto líder del “clan de los romanones”. Tras nueve requerimientos judiciales y varias advertencias de sanción, el arzobispo de Granada, Javier Martínez, el responsable de la publicación Cásate y sé sumisa, se avino a remitir un informe en el que implícitamente reconocía que se ocultaron los casos de abusos y que algunos sacerdotes “habrían sido víctimas" del clan y, con posterioridad “cómplices en mayor o menor grado”.

Desde que tengo conciencia social y política he visto una y mil veces a curas, obispos, cardenales y papas ejercer presión sobre el poder político y convocar a los feligreses a la calle para oponerse al divorcio, a los anticonceptivos,  al aborto, al matrimonio entre personas del mismo sexo, o al reconocimiento del colectivo LGTB. Nunca los he visto manifestarse contra la reforma laboral, contra los desahucios, contra la violencia machista... He visto a cardenales cuestionando los valores democráticos desde la tribuna pública y pidiendo el voto exclusivamente para quienes defienden sus valores morales frente a los otros, al “maligno…” Lo que quiero decir es que mientras el obispo Cases llora desconsolado por una parodia de carnaval, se echa de menos alguna muestra de sensibilidad del clero con los problemas terrenales, con el sufrimiento de tantos cientos de miles, de millones, de personas que son absolutamente desgraciadas en el mundo.

Ninguno de esos jefes de la iglesia, ninguno de esos “ilustrísimas” puede ser ejemplo de nada mientras no pisen la calle, mientras no se desprendan de esos patéticos ropajes medievales, de su oros y oropeles -con los que marcan distancia con la gente humilde-  y se remanguen  en el fango de las injusticias; mientras no renuncien a sus muchas prebendas, como esos palacetes en los que viven algunos de ellos (caso del  señor obispo de Jerez), mientras no convoquen a sus feligreses a la calle a presionar por un mundo mejor  donde impere la igualdad entre las personas, la razón de los derechos humanos, de la justicia social y de la libertad.

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