Con frecuencia, vivimos la realidad con temor, anticipando horribles consecuencias, lamentando nuestra suerte, deseando que, incluso en cosas que parecen buenas, se rompa nuestra rutina. Y total, para qué, para un instante que pasará pronto porque no nos lo merecíamos y no sabremos retenerlo.
La realidad como percepción, filtrada por la experiencia y la memoria; la de lo que perdimos, lo que no llegamos a ser o a disfrutar, lo que temimos que pasara y recreamos una y otra vez...
¡Cuántas veces hemos terminado una conversación y nos hemos llevado miles de respuestas entre los labios!
Lo que hubiera querido decir y me guardé; lo que podría haber sido y no fue. La realidad discurriendo entre lo uno y lo otro, pasando ante nuestros ojos con su propio ritmo, dejándonos la sensación de que esa no es la vida, que la vida vendrá después.
Porque no puede ser que esta cámara de horrores sea lo único que nos espera. Seguro que la vida verdadera es fácil y hermosa, no habrá que esperar más de ella, ni hacer nada para ganársela.
Seguro que habrá toda una eternidad para disfrutarla.
