La cámara capta uno de los pasos de misterio y en el encuadre queda enmarcado un cartel de Se vende.
A la mañana siguiente, con las primeras luces y el eco de los últimos sones, mientras se riega a presión la calle, alguien intenta despertar a un mendigo de un sueño que lo salva por un momento del frío y el desamparo de una sociedad que duerme a cubierto.
Pocos días después, la ciudad intenta volver a la normalidad. El mendigo sigue en su rincón, tomando café de un envase de plástico que una señora le ha acercado; a cierta distancia, la mujer habla con él, le recomienda tomar algo caliente y abrigarse, como si fuese un niño díscolo que se deja la bufanda en clase. Junto a esta estampa, el empleado de una tienda de audífonos ofrece una prueba gratuita; debe haber observado la asombrosa facilidad con la que hacemos oídos sordos a lo que nos rodea. Nadie se detiene.
Un poco más adelante, los veladores pugnan con el espacio que los palcos aún no han terminado de abandonar y uno no sabe si asomará por una esquina el camarero o un nazareno perdido en el laberinto de operarios, cambios en el sentido del tráfico y nostalgia de unos días que duran poco para unas personas y demasiado para otras. Es la eterna dicotomía de estos tiempos, que pide con una mano lo que rechaza con la otra.
Siempre me fascinó escuchar a mis padres contar cómo siguieron la retransmisión de la llegada del hombre a la Luna. Viniendo de la voz de un profesional como Jesús Hermida supongo que era imposible no creerlo; hoy se cuestiona la presencia real de los componentes de aquella expedición y su caminar flotante por la Luna, además de la redondez de ésta. Todo es desechable y provisional, como cantaba Serrat. Todo no. La generación de mis padres (a los que nunca podemos imaginarnos jóvenes, por más fotografías que desempolvemos) asistió a muchos hitos que se entendieron como el progreso de una sociedad, un legado para las nuevas generaciones, que ahora se permiten despreciar ciertos avances por el hecho de que sus cabezas no los comprenden. Desprecian cuanto ignoran, escribió Machado.
Leo en el periódico que la nave Orión ha alcanzado el punto más lejano del cosmos y los miembros de la tripulación se han convertido en las primeras personas de este siglo que han observado el lado oscuro de la Luna. Imagino que –cansados de tanto lado oscuro del ser humano– necesitamos conocer los misterios del satélite que ha inspirado poemas, canciones y sueños de gente corriente.
Quizás encontremos respuestas sobre el Universo, aunque las personas continuemos siendo un enigma.
