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"Cuando cada cumpleaños debe ser más bestia que el anterior, en una escalada hacia el infinito consumismo de regalos [...] es que los papeles se han perdido por algún lado".

«Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve pianista» (Michael Levine, escritor estadounidense)

Hace tiempo que tenía ganas de escribir sobre los papeles de padre y de madre. Muchas de las consultas que recibimos nos preguntan precisamente esto: ¿Cómo puedo ejercer mejor mi papel como padre/madre? La respuesta, habitualmente compleja y llena de matices y particularidades, no siempre llega a tiempo o no siempre es bien recibida. Pero no quisiera hoy hablar de esas respuestas, sino más bien de otra pregunta, más preocupante: ¿Dónde están hoy en día esos papeles? Porque en ocasiones, la desazón me hace dudar de su localización…

Cuando una madre me confiesa llorando que ha sido incapaz de conseguir que su hija de 8 años se duche en una semana, porque del pollo que le monta termina hasta vomitando (la madre), y que no tiene fuerzas para seguir luchando… siento que estamos perdiendo los papeles.

Cuando un padre prejubilado de 60 años, maltrecho por años de dura profesión, bondadoso con todos y para todos, reconoce que sale a darse una vuelta varias veces al día, para evitar que su hijo de 18 años le golpee en la cabeza por recriminarle que esté consumiendo sustancias en la casa… siento que hemos perdido los papeles.

Cuando unos hermanos de 7 y 9 años, hijos de padres trabajadores, han viajado a más países que yo que tengo 42, visitado ya varias veces todos los parques temáticos de España y algunos del extranjero, y todo a golpe de préstamos bancarios, tarjetas de crédito, trampas en El Corte Inglés y dinero prestado de la familia, echando horas hasta las mil para pagarlo todo, porque “todo sea por los niños”, estamos perdiendo los papeles.

Cuando una madre obsesionada por el éxito académico, que nunca cumplió su sueño de estudiar una carrera, tiene a su hijo de 9 años estudiando 5 horas diarias, y castiga severamente cualquier nota inferior a un 9, castigos que incluyen el rechazo afectivo directo, negando la posibilidad de que su hijo reciba o dé besos, es que se han perdido completamente los papeles.

Cuando un padre citado en entrevista para preguntarle sobre su hijo no sabe exactamente la fecha de nacimiento del mismo, no recuerda el nombre de su tutor/a, no sabe el curso que realiza, no tiene muy claro qué platos de comida son sus favoritos, no ha ido jamás a una fiesta de fin de curso, y pasa con su hijo aproximadamente la mitad de las horas que dedica a ver la televisión, es que se han perdido los papeles.

Cuando cada cumpleaños debe ser más bestia que el anterior, en una escalada hacia el infinito consumismo de regalos, o cuando los cumpleaños se celebran como comuniones, y las comuniones como bodas, y si no se hace así es que parece que le estás privando a tu hijo de algo a lo que tiene una especie de “derecho” (el derecho al exceso), es que los papeles se han perdido por algún lado.

Cuando una niña de 11 años le dice a su madre “¡que me hagas ya el cola-cao, hija de la gran puta!”, y la madre, tras contarlo con pavorosa tranquilidad en consulta, me pregunta “Oye, ¿crees que debería castigarla por eso?”, es que yo no sé dónde se han metido los papeles.

Cuando un niño de 3 años tiene poder suficiente para decidir dónde se sienta cada cual en la casa de sus abuelos, y es capaz de levantar a una abuela de su silla simplemente para sentarse él, le ordena que se quede de pie a su lado, y ésta obedece, ante la impasible mirada de los papás, cómplices silenciosos de la generación de un tirano en ciernes, es que los papeles se han perdido trágicamente.

Cuando los padres preguntan constantemente a los niños qué es lo que quieren hacer, para saber lo que hacer, o cuando los padres explican los motivos de sus decisiones, y se justifican, y se explican, y se vuelven a justificar, y no calman su pánico hasta que reciben la aprobación infantil, en lugar de ser los niños los que justifiquen a sus padres los motivos de su conducta, y les pregunten “¿hoy que hacemos, papá/mamá?”, es que definitivamente los papeles se han perdido.

Mil historias más podrían contarse, reales, que no añadirían mucho más a la conclusión de que tenemos que ponernos entre todos a buscar estos malditos papeles, encontrarlos de nuevo, ver qué ponen, y ejercerlos con sentido común. No olvidemos que, si el papel de padre se pierde, todos estos pobres niños pierden también el papel de hijos sanos, por lo que rara vez serán adultos felices. Porque, lamentablemente, se habrán criado como huérfanos funcionales.

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