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La ambición, el deseo y el poder no son cosas exclusivas de las altas esferas. Son instintos que habitan en todas las personas. Algunas llegan más lejos y otras no.

En los antiguos escritos taoístas se describía —de forma metafórica— al universo como un gran espejo en el que se reflejaba todo lo que somos, pensamos y hacemos. Todo lo que acaece en nuestra vida es un producto de nuestra proyección, un reflejo de nosotros mismos. Dice así un extracto del Tao Te King, de sabiduría más antigua que Cristo:

“Lo que está bien plantado no puede desenraizarse. Cultiva la virtud en tu propia persona y se convertirá en una verdadera parte de ti. Si la cultivas en la familia, permanecerá. Si la cultivas en la comunidad, vivirá y crecerá. Si la cultivas en el Estado, florecerá abundantemente. Si la cultivas en el mundo, se volverá universal. Por ello, una persona debe ser juzgada como persona; una familia como familia; una comunidad como comunidad; un Estado como Estado. ¿Cómo puedo conocer el mundo? Por lo que se halla en mi interior”.

Resulta difícil en nuestros tiempos comprender y aplicar esta concepción de universalidad que tenían los orientales. En una sociedad donde prima el individualismo es complicado pensar que podamos llegar a tener algo de culpa en la corrupción de la clase política. Ni mucho menos se trata de inculparnos, simplemente podemos tomar un poco de esta visión diferente, más amplia que la nuestra. Lo queramos o no, formamos parte de algo más vasto.

Solos no podemos salir adelante. La ropa con la que nos vestimos no está hecha por nosotros. El alimento que tomamos no todos lo cultivamos. Las herramientas con las que nos manejamos no son únicamente nuestras. Pertenecemos a una red bien amplia. Una red que se extiende hasta allá arriba, en esa bóveda celeste del poder. Pero el poder no sólo está arriba y no sólo pertenece a los corruptos. Desde aquí abajo, nosotros también ejercemos el poder y configuramos la sociedad en la que vivimos. Somos interdependientes y a veces, nos aprovechamos unos de otros.

Muchas veces podemos observar la corrupción desde las escalas más pequeñas e insignificantes. La corrupción ocurre porque siempre hay alguien dispuesto a tomar lo que no le corresponde y a pesar de los otros. Esta disposición existe en todos los lugares, en todas las clases sociales, en todos los tipos de personas. La pugna por el poder materialista existe en pirañas de río y entre grandes tiburones oceánicos.

Si lo vemos desde nuestra visión occidental, inmersos en el ideal del Estado benefactor, aquel que debe proveernos, nos sentiremos desprotegidos ante una mafia institucionalizada que ha tomado el poder político, judicial y económico. Aún ni siquiera sabemos si realmente se ha hecho justicia con todo este destape tan reciente… o si detrás de esa justicia se esconde una cruenta lid entre ‘magnates’ de lo público. Nos sentimos ajenos a todo ello… y a su merced.

Pero si añadimos otro aspecto más a nuestra postura y nos reconocemos como personas que también tienen poder, concienciándonos de que tenemos igualmente un impacto con nuestras palabras, acciones y decisiones, queda preguntarnos: ¿cuántas veces hemos visto a personas cercanas que podían decidir lo mejor para todos… y sólo decidieron para ellas mismas, aprovechándose de otros? Incluso, ¿hemos sido nosotros mismos, los que a veces, hemos tomado una actitud oportunista y conveniente, aprovechándonos de nuestro círculo más cercano?

La ambición, el deseo y el poder no son cosas exclusivas de las altas esferas. Son instintos que habitan en todas las personas. Algunas llegan más lejos y otras no. Si desde nuestras raíces no nos inculcaran una mentalidad egoísta, no llegaría nadie al poder con estas aspiraciones. Pero en las escuelas nos enseñan simplemente a pensar en nuestras propias metas. “Estudia empresariales, te hará rico. O derecho, ser juez da prestigio”. Pero no te inspiran ningún entusiasmo más allá de tu propia persona. No convierten el conocimiento y el potencial en herramientas sociales, sino en herramientas materialistas. Los problemas sociales, en gran parte, tienen su origen en el enfoque vital de cada persona. ¿Qué es lo que conmueve a la mayoría de las personas ordinarias? ¿Un mundo mejor, o más dinero, autoridad… y privilegios?

Los políticos corruptos deben ser juzgados como personas corruptas. Pero como sociedad, ¿qué estamos haciendo mal para que estas cosas no se erradiquen? Quizá sólo estemos cortando la mala hierba por arriba.

¿Eres de los que creen que pueden hacer algo, por insignificante que sea, para que la sociedad cambie estos patrones? La política, quizá, podría adquirir otro significado si antes cambiásemos nuestros valores por otros.

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