Don Quijote en intramuros

Dicen que un clásico es aquella obra imperecedera que, aún con el paso del tiempo, nos permite seguir viendo el mundo y la realidad que emana de las ocurrencias intelectuales de su autor.

Un fotograma de la película 'Don Kikhot'.
Un fotograma de la película 'Don Kikhot'.

Hoy me propuse no levantarme de la silla hasta escribir, al menos, un folio sobre el Quijote. A priori, el reto parecía imposible. Cómo comprimir tantas ideas sobre este clásico de la literatura universal hasta hacerlas entrar en una misma página. Claro que en peores situaciones debió verse Cervantes, quien malvivía -como muchos otros autores- mientras redactaba sus genialidades. Podría limitarme a decir que las mayores aportaciones del Quijote han sido la maduración del castellano y la revolución narrativa que tomaba forma gracias a una amplia gama de técnicas y recursos que consolidó la figura del héroe en busca de la utopía.

 

 

 

 

Si bien no tuve la dicha de conocer a Cervantes, podría decir que me encuentro ahora mismo con él; libros de Cervantes, libros acerca de Cervantes, libros que beben de Cervantes... Probablemente sea de los pocos autores que me ha permitido soñar despierto. Y no es poca cosa, en un tiempo en el que la realidad amenaza con arrebatarnos la capacidad de encontrarnos con realidades alternativas. Decía mi amigo el vendimiador de palabras que “un sueño es algo irreal o sin fundamento”. Pero hay otro tipo de sueños que suceden aún estando despiertos”. Sueños que te empujan con ansias a cambiar la realidad y que, puestos en común, adquieren fundamento y sentido.

 

No hablo de una isla perdida en boca de algún aventurero en Flandes, sino de ideas que nos permiten construir historias y realidades colectivas. Tan poderosas que son capaces de derribar gigantes. Visualizar esas ideas no es sencillo. Hacerlas realidad es aún más difícil. Pero, una vez hemos soñado con ellas, pueden hacer de esos “lugares invisibles pero con buena memoria” sitios para seguir soñando. Espacios que permitan construir fundamentos y tejidos que no harán otra cosa que mejorar nuestros mundos. Si bien esta misma idea es influencia directa de algún otro Quijote que ya en tiempos de la antigua Atenas luchaba contra el despotismo y la tiranía. Lejos de las pasiones elitistas de los Quijotes helenos, de las cuales ya estamos curados en espanto, y salvando las distancias, encontramos una permanencia de la misma tesis de transformación de la realidad.

 

Alonso Quijano fue un soñador abrumado por la ilusión que anidaba en un noble corazón. Hijo de su tiempo, repudió el mundo en el que vivía sin miedo de enfrentarse a sus gigantescos pilares. Cervantes nos entregó a un personaje que pasaría a la Historia como símbolo de una lucha titánica (Que las vanguardias artísticas supieron aprovechar), contrastando su mundo imaginario con la cruda realidad regida por un sistema con valores autodestructivos... El mismo desafío que sufren todas las utopías. A pesar de la aparente derrota tras regresar a su hacienda, su mayor logro fue dejar sembrada la semilla que germinará en las futuras victorias.

 

 

 

 

 

 

 

 

Dicen que un clásico es aquella obra imperecedera que, aún con el paso del tiempo, nos permite seguir viendo el mundo y la realidad que emana de las ocurrencias intelectuales de su autor. El espíritu del Quijote escapó de su tiempo para hacerse inmortal, y su fantasma aún recorre nuestro tiempo. Lo hace en aquellos que son capaces de imaginar un mundo nuevo. En esos que resisten a bajar los brazos frente a presuntos imposibles con forma de gigante. La recuperación de nuestro centro es uno de ellos. Y, aunque las aspiraciones y los sueños del caballero cervantino puedan parecer diferentes de quienes soñamos con devolverle la vida a nuestro casco histórico, algo me dice que hay algo de aquel hidalgo luchando estos días contra los gigantes de nuestro intramuros.

 

 

 

 



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