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Otra vez intenta ganar el odio, la xenofobia y el rechazo a lo minoritario. El discurso fácil, la salida irresponsable, inútil e irracional.

Mientras contabilizaban las víctimas en un asfalto aún caliente por los neumáticos sin frenos de esa furgoneta asesina, dos preocupaciones se alzaron por encima del resto. En primer lugar, que los musulmanes, por el mero hecho de serlo, denunciaran enérgicamente el atentado. Ellos debían gritar más que nadie por alguna extraña razón arbitraria que no logro comprender. En segundo lugar, que no se hablara catalán, pues “no era el momento de hacer política y aprovechar el atentado para extender el nacionalismo”. A veces, con el rechazo de la comunidad musulmana (que apenas tardó unas horas en difundir un comunicado de repulsa) no bastaba, y muchos descerebrados exigían la expulsión de los "moros" o la negación de entrada a cualquier árabe, sin importar su creencia, sólo los rasgos de la cara. En ocasiones, con la traducción simultánea del catalán al castellano, tampoco valía, pues no se trataba de comprender el discurso, sino de imponer una lengua por encima de las otras.

Por eso Moha, que lleva toda la vida con un bazar en el barrio, no perdió los nervios cuando un hombre entrado en años le recriminó el atentado de Barcelona. Muy tranquilo, mirando a los ojos, le respondió: “Me duele y me siento tan responsable como usted”. El tipo guardó silencio, compró un paquete de pilas y se despidió al salir. A Moha se le quedó mal cuerpo desde entonces. 

Por eso, los catalanes no dejaron de usar su lenguaje. Porque es suyo, porque lo sienten y comprenden, porque es patrimonio. Además, es un derecho negado durante décadas y recogido con todas las garantías en la Constitución. Uno de tantos idiomas oficiales que tiene la Península. Una riqueza cultural que se debe cuidar y no guardar en el cajón ni identificarla como inferior dependiendo del contexto. Podría cambiar de casa, ciudad o país, pero jamás mi habla, que no es sólo mía, también de mis raíces.

Y con el asfalto aún caliente y los sentimientos que hierven, queda ese regusto amargo en el paladar. Otra vez intenta ganar el odio, la xenofobia y el rechazo a lo minoritario. El discurso fácil, la salida irresponsable, inútil e irracional. Salen los oportunistas de las cuevas, los analfabetos endogámicos de siempre que se alimentan del miedo y el desconocimiento porque son incapaces de atajar el conflicto.

Que la muerte está ahí, siempre nos alcanza, pese a que a veces lo olvidamos. Más allá de nuestro ombligo, siguen las guerras, las violaciones, la pobreza y los atentados creados en nombre de un Occidente que salvaguardó su bienestar a costa de quienes dejaba al otro lado de la frontera. Que nuestra sociedad crece y evoluciona gracias a las culturas, los idiomas y las costumbres. Y así, cuando llegue el final, de la forma que sea, prefiero haber caminado por un paseo libre de bolardos, por un mundo sin prejuicios y una diversidad que rompió las cadenas de cualquier atisbo de racismo.

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