fallecimiento-
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Para C. R. P. in memorian.

Nadie debería morir en verano. Nadie. Debería ser una norma. Los tanatorios, a partir de mayo y hasta noviembre al menos, deberían permanecer inhábiles, solitarios, y sus empleados, de vacaciones remuneradas. También en Navidad, en Semana Santa, en época de ferias, los viernes por la tarde. Nadie debería desaparecer los sábados, ni los domingos. Motivo de sanción sería irse siendo joven, y con hijos, y sin hijos. Los viejos tampoco deberían morir, ni siquiera por agotamiento. Nadie merece irse, nadie. Y es que la Parca no da opción a elegir con antelación día y hora, para ser conscientes de que ya hemos vivido. Qué importan los vaticinios de la ciencia. Seguimos perplejos ante esta suma ingente de desaparecidos. Nadie, nadie debería dejar correos por contestar, llamadas por devolver, problemas por solucionar, cafés por compartir, hijos por amar.

Y en estos pensamientos me encontraba, ahogándome en la incertidumbre universal, al llegar a casa la terrible noche del miércoles primero de agosto, después de los abrazos y el cariño entre antiguos compañeros, incluso con aquellos que jamás fueron amistosos ni empáticos. Qué más dan esas nimiedades mundanas. Qué más dan las rencillas cuando están los pies, en chanclas, al borde del abismo. Cuánto asusta, y alivia, no me sean hipócritas, que le toque a otro esta vez, ¿verdad? Y cuánto cuesta adaptarse al hueco nuevo, cuánto hiere echar de menos. Ah, y esa extraña unión en las situaciones extremas. La despedida y el frío inmenso en pleno verano, en un tanatorio tan a rebosar, que incluso emocionaba, si es que algún atisbo de algo opuesto a la tristeza puede manifestarse sin ser una grosería.

Ya sé que este grito desesperado en el vacío no sirve. Y que debería haberte llamado cuando algo en mi interior lo dispuso. No lo hice. Debo vivir con ello. Lo que está escrito sí queda, como tu dedicatoria en el libro de haikus clásicos que me regalaste, en el correo de ánimo en momentos complicados, los cientos de mensajes de trabajo, el “orden del día” en el ordenador del aula de primero de ESO que compartimos, en el bullicio de aquella comida en tu casa de Zahara, en el baile de mi boda, en las fotos de algunas fiestas, e incluso en algunos malos recuerdos. La vida es eso. La muerte es muda.

Ahora, el intento de empatía contigo solo me devuelve un silencio tan profundo que duele como un grito. Y no es tu nombre el que rezaba el rótulo de esa última puerta, sino ese del recuadrito arriba del mío, junto al tiempo de servicio, los puntos, los cursillos, la vacante, la plaza, los destinos provisionales que siempre albergaban la esperanza de un lugar mejor.

Como penitencia asumo que no puedes saber ya mis buenas nuevas. Y siempre ganas, pues tú sí que estás en el destino definitivo (ay, este humor negro tan mío que siempre te hacía reír). Amiga C., nadie debería irse como tú te has ido, casi de pronto. Y menos en verano. Debería ser una norma. Aunque ahora, la única norma que debo aplicarme es la de no postergar, nunca más, ninguna muestra de afecto. Prometo no olvidarte.

Sid tibi terra levis.

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