Santa Teresa de Jesús, inmortalizada en Ávila. FOTO: Jose Luis Cernadas Iglesias
Santa Teresa de Jesús, inmortalizada en Ávila. FOTO: Jose Luis Cernadas Iglesias

Esto es lo que pensaba Teresa de Jesús si es cierta la discutida autoría del poema así titulado. Pero más allá de autorías discutidas lo cierto es que a día de hoy y cuando tan sólo llevamos seis días y medio en esta cárcel de amor de la que la santa hablaba empezamos a estar de los nervios que es sin duda la mejor manera de llevar a cabo la catarsis personal que todos sin excepción necesitábamos.

Tiempo estamos teniendo para sicoanalizarnos a nosotros mismos ante la imposibilidad manifiesta de hacerlo con el profesional de turno que además debe estar muy ocupado haciéndolo consigo mismo. Descubrimos errores vitales ya irremediables, descartamos proyectos vitales difícilmente realizables con la que se nos avecina y nos quedamos desnudos ante nuestro propio espejo con la esperanza vana de volver a ser lo que fuimos más pronto que tarde.

Sufrimos por quienes sufren haciendo nuestro el dolor ajeno pero también sufrimos por nosotros mismos pensando que en algún momento ese dolor ajeno se convierta en  propio por mucho que hayamos puesto todo de nuestra parte para que eso no fuese así.

Parafraseando a Teresa vivimos sin vivir en nosotros mismos porque si miramos dentro no somos lo que creíamos ser, tomamos conciencia de nuestra fragilidad individual y también colectiva, de nuestra irrelevancia como seres humanos a la deriva y nos sentimos presos de nuestras incertidumbres repentinas. En ocasiones nos dejamos llevar por nuestro ego apocalíptico y caemos en la tentación de perder hasta la esperanza que según la vieja máxima de la mitología griega es lo último que se pierde.

Llegados a este punto, que por desgracia no es el punto final, toca reinventarnos desde la conciencia plena de que nada volverá a ser lo que fue, que habrá un antes y un después de este paréntesis maldito que el destino colectivo ha abierto en nuestras vidas.

Tenemos que reinventarnos cada uno individualmente, reinventarnos como familia, como amigos, reinventarnos socialmente para emprender juntos una nueva andadura colectiva. De nuestra capacidad para hacerlo dependerá nuestro futuro, porque por desgracia seremos algunos menos pero seremos distintos y sobre todos seremos más humanos en el sentido más auténtico de la palabra que falta nos venía haciendo.

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