Donald Trump y María Corina Machado.
Donald Trump y María Corina Machado.

Alguien debió haberle dicho a María Corina Machado que el Premio Nobel de la Paz no es la medalla del amor, aquella cursilada comercial propia de finales del pasado siglo con la inscripción de “hoy te quiero más que ayer pero menos que mañana” y que hacía las delicias de las parejas de enamorados cuando se acercaba San Valentín.

Alguien debió explicarle a María Corina que el presidente americano de los únicos amores que entiende es de los que huelen a petrodólares y a negocios para la familia y los amigos y que a pesar de que le muestre su admiración tiene claro que los sentimientos y emociones no cotizan en Wall Street y que los compromisos alcanzados con la nueva presidenta venezolana si pueden ser rápidamente convertibles en incrementos de la fortuna personal.

Alguien, preferiblemente especializado en comunicación política en tiempos de caos, debió advertir a Machado que el presidente americano desdeña a cada momento la escala de valores con las que nos regimos buena parte de los mortales hasta el punto de considerar que la pretendida generosidad de María Corina no exenta de búsqueda del favor presidencial, era más bien una muestra indubitable de debilidad y en parte también culpabilidad por haber sido reconocida con ese Premio Nobel de la Paz.

Alguien debió contarle a María Corina que el presidente americano, en su versión más cínica, gusta de humillar a sus interlocutores en sus visitas a la Casa Blanca y mucho más si se trata de una mujer como era el caso de la líder de la oposición venezolana. Resulta patética la foto del encuentro entre ambos divulgada por la Casa Blanca en la que Machado está entregando la medalla del Nobel a Trump, una perversión sin límites de la voluntad de quienes le otorgaron hace poco tiempo dicho premio.

Con ese gesto, buscando el favor del presidente americano, María Corina Machado no sólo se humilla a sí misma, sino a todos los que alguna vez creyeron en sus merecimientos para tal reconocimiento.

A la vista de los acontecimientos el Comité del Nobel se ha visto obligado a manifestar que la concesión de un premio Nobel es irrevocable e intransferible, pero María Corina ha debido pensar aquello de “ande yo caliente y ríase la gente” que Luis de Góngora inmortalizara como estribillo de uno de sus poemas aunque a tenor de los acontecimientos no son buenos tiempos para la lírica.

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