Un fotograma de la película gallega nominada a cuatro premios Goya 'O que arde'.
Un fotograma de la película gallega nominada a cuatro premios Goya 'O que arde'.

Para bien o para mal, el tiempo dirá, hace ya más de ocho meses que dejé a un lado toda actividad política, tanto la institucional como la interna de mi partido. Ese espacio de tiempo que puede parecer tan corto en una trayectoria vital es sin embargo toda una eternidad en política o al menos esa es la sensación que yo tengo.  Y a fe que como evolucionan los acontecimientos cada día que pasa devora con más fuerza el tiempo pasado hasta el punto de no reconocer al que fuiste hace tan sólo unos meses.

Pero el tiempo pasa inexorable y fugaz y te hace cambiar la perspectiva, te hace sentirte fuera de la burbuja endogámica y sectárea en la que te sumergiste de forma voluntaria tantos años. Tu mirada sobre la realidad política se hace más inquisitiva, menos complaciente, más diversa. Parece que hubieras cambiado de luces cortas a largas, ere capaz de ver lo que tantas veces te pasó inadvertido aunque lo vivieras cada día y casi a cada hora del día.

Y es esa misma mirada inquisitiva y diversa la que me aleja de caer en la tentación de la complacencia ante lo que la política nacional está colocando sobre la mesa de la ciudadanía. Venimos de unas elecciones que no resolvieron el mayor de los problemas, la estabilidad institucional tan ansiada por la mayoría sensata de los españoles y españolas. Hemos entrado en un proceso lógico de diálogo entre las fuerzas políticas para conseguir lo que las elecciones no nos dieron y cada día, conforme avanza la configuración de un nuevo Gobierno, alguien destapa la caja de los truenos.

Son, a menudo y reiteradamente, los mismos que urdieron mayorías contra natura en distintas comunidades autónomas, son las mismas argumentaciones por quienes vivieron el desastre electoral del 10N, son quienes no tienen ningún pudor en pactar con la extrema derecha que pretende cada día acabar con derechos y libertades que costó sangre, sudor y lágrimas poder conquistar. Esa extrema derecha que por boca del “sastrecillo valiente” Ortega Smith es capaz de hablar de "continuar la Reconquista" animando a la guerra contra el diferente.

Es verdad que Sánchez es un pragmático unipersonal, es verdad que le gusta vivir la política peligrosamente, es también verdad que le trae al pairo las consecuencias de sus decisiones poco meditadas, que viaja mejor con luces cortas que largas, pero también es verdad que ningún apocalíptico mensajero de la derecha está legitimado para cuestionar el resultado electoral y el encargo del monarca, derivado de ese resultado, para formar Gobierno.

La democracia es quien da y quita razones cuando la ciudadanía la ejerce, y la ha ejercido muy recientemente. Atengámonos a su veredicto que está por encima de titulares incendiarios alimentados desde la caverna política. Dejemos de usar las palabras como cocteles molotov contra la convivencia democrática.

Yo, personalmente y desde la mirada diversa, no puedo ser complaciente con el afán ministerial de Iglesias, ni con la proclama independentista de Rufián, y puedo tener mis dudas, que las tengo, sobre las certezas de Sánchez, pero no voy a reírle por ello las gracias a las tres tribus herederas de quien hablaba catalán en la intimidad y ordenaba contactos con el Movimiento de Liberación Vasco, hasta ahí podíamos llegar, me niego a cuestionar la legitimidad democrática de un resultado electoral porque con ello estaríamos cuestionando la esencia de la propia democracia.

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