Qué hartura de variantes
Qué hartura de variantes MANU GARCÍA

Que felices éramos cuando las variantes que nos preocupaban eran la de los Puertos, la de San Fernando, la de Chiclana y la ronda oeste de Jerez. Eran tiempos en que esa palabra venía a significar tan sólo la posibilidad de eliminar esos atascos urbanos espectaculares de quienes se atrevían a circular en hora punta por las principales ciudades de la Bahía. Eran tiempos en los que llegar a su hora a la consulta del médico para alguien que venía desde la Janda litoral o interior era poco menos que una misión imposible. Llegar a la altura de 'El Pájaro' en Chiclana suponía haber superado el primer puerto de montaña de una larga etapa tras haber pasado el sufrimiento del pavés, en versión camino de cabras, que era lo que comunicaba Chiclana con la Janda interior.

Quien tenía que hacer con frecuencia la ruta empezaba ya a conocer a la mayor parte de la clientela que desayunaba en la terraza de 'La Mallorquina' en la calle Real de San Fernando mientras anhelaban llegar a la altura de 'Los Tarantos' que venía a ser como el Arco del Triunfo que abría las puertas al desahogo de ese tramo desdoblado que era lo más parecido a una autopista que habían visto en su vida. Y en ninguna manera comparable a la odisea de atreverte a cruzar el Puerto de Santa María caminito de Jerez cuando en el puente sobre el Guadalete podías ver subir la marea y empezar a bajar. Y aunque algunas de esas variantes, con las que soñábamos para aliviar nuestras pesadillas al volante, ya se han culminado entre batallas políticas al son de échame a mí la culpa, la famosa palabra ha vuelto no como una solución sino más bien un problema y grave.

La aparición del virus del Covid nos hizo  aprendernos de memoria esa otra acepción semántica de la palabra variante como mutación o cambio que provoca el pánico generalizado. Cuando parecía que empezábamos a controlar nuestro miedo a lo desconocido ante la enfermedad que había tenido origen en China y recuperábamos nuestra confianza en el arma de la ciencia llegó entre otras la variante británica y fue entonces cuando empezamos a jurar en arameo sobre la foto de Boris Johnson y su disparatada teoría del contagio masivo para conseguir la inmunidad de rebaño. De tal calibre fue el disparate que hasta el pastor del rebaño, que era él mismo, terminó ingresado en estado grave y ahí le vio las orejas al lobo que se lo quería comer a él y a todas sus ovejas. Fue tal su grado de conversión que a su salida del hospital, a pesar de su confesión religiosa, se convirtió en más papista que el Papa en materia de vacunación universal.

Y como si de una venganza postimperio británico se tratara llegó la variante Delta desde la India y de nuevo el miedo se apoderó de una Europa que estaba en el preescolar de la vacunación. Pero al igual que ocurrió con la británica la sangre no llegó al rio mientras otras variantes menores, como la brasileña, ocupaban las páginas interiores de los periódicos. Poco a poco, a golpe de primeras y segundas dosis, fuimos perdiendo el miedo a esa palabra que cambiaba tanto de adjetivo porque los miedos iniciales se deshacían al poco con las afirmaciones científicas sobre los efectos de las vacunas ante tanta variante. Y cuando más tranquilos estábamos y nos las prometíamos muy felices, hasta habíamos vuelto a la dialéctica política de las variantes en versión carreteras en los clásicos debates presupuestarios, va y aparece la sudafricana a la que han bautizado con el nombre de ómicron siguiendo la costumbre de usar el alfabeto clásico de los griegos que bien se podían haber conformado con alfa y omega y aquí paz y después gloria, pero la OMS se ha empeñado en que todos aprendamos cultura clásica a golpe de variantes.

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