Cuando la muerte se viste de tragedia

Tiempo habrá, salvo para las víctimas, para aclarar las causas de lo ocurrido y depurar las responsabilidades a las que hubiera lugar

24 de enero de 2026 a las 07:00h
Mantas donadas en Adamuz tras el accidente.
Mantas donadas en Adamuz tras el accidente. JUAN CARLOS TORO

Hay ocasiones, quizás más de las que creemos conocer, en las que la muerte se viste de tragedia. Quede claro que siempre el final de una vida está cargado de tristeza, pero hay veces en que la tragedia envuelve de manera contundente la desaparición de seres queridos ya sea por el momento vital en el que sucede, por la forma en la que tiene lugar o por la dimensión social que acompaña el triste momento.

De todos estos elementos participa la tragedia provocada por el terrible accidente ferroviario de Adamuz que a día de hoy ha dejado un saldo de 45 victimas mortales y un número considerable de personas heridas. Acontecimientos como este nos conmueven colectivamente porque, a pesar de la dureza de los tiempos que vivimos con guerras como las de Gaza o Ucrania, nuestros corazones no han perdido la capacidad de sentirse heridos cuando la muerte pasa tan cerca de nosotros.

Conviene destacar en este punto el sentido épico, con tintes de heroicidad, mostrado por quienes desde el minuto uno se vieron abocados a la noble tarea de atender a las víctimas en un escenario caótico, casi bélico, donde la urgencia era salvar vidas sin reparar siquiera en el propio riesgo. Episodios como el vivido desde el primer momento y hasta días más tarde nos hacen confiar en la condición humana por mucho que los francotiradores del odio intenten nublar ese horizonte de nobleza y valentía.

Vaya todo mi apoyo para los familiares de las victimas mortales y para quienes desde el lecho del dolor luchan por su supervivencia. Vaya también mi reconocimiento para quienes desde el más noble sentimiento de solidaridad arriesgaron su propia integridad física por salvar la vida de las personas que viajaban en esos trenes, y también para todos aquellos hombres y mujeres que desde sus responsabilidades profesionales han contribuido a normalizar el caos originado por el accidente.

Pero vaya también mi indignación con quienes, obviando la más elemental calidad humana, no respetaron el dolor de las familias y del conjunto de la sociedad lanzando bulos y mentiras a diestro y siniestro mientras muchas personas se debatían entre la vida y la muerte y otras muchas ponían en riesgo sus propias vidas para socorrerlas.

Tiempo habrá, salvo para las víctimas, para aclarar las causas de lo ocurrido y depurar las responsabilidades a las que hubiera lugar. Mientras tanto que el dolor y la tristeza no nos hagan caer en las redes de los traficantes de mentiras.

 

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