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Valga el título de esta película que Hitchcock estrenara allá por mil novecientos cincuenta y ocho para explicar algunas de las circunstancias que envuelven el prólogo de este primer fin de semana de noviembre. Porque así debe sentirse el hasta ahora Presidente de los EEUU de América a quien el lento recuento electoral le está resultando tan doloroso como aquel tormento de la gota china también conocido como la gota malaya.

A la hora que escribo estas líneas el candidato demócrata, Joe Biden, está culminando su remontada en Georgia y Pennsylvania acercándose de manera casi definitiva al su objetivo, la Casa Blanca durante los próximos cuatro años. Y todo ello en una espiral truculenta de engaño y mentira por parte del todavía Presidente Donald Trump y de su entorno más cercano, el familiar y el de los intereses económicos.

El pueblo americano parece haber aprovechado la primera oportunidad que le han brindado para gritar a coro aquello de: “Donald, go home”, en una especie de liberación catártica largamente deseada desde el mismo momento de su elección, hace ahora cuatro años. De estos días la historia recordará el matonismo patético de lo que algún tiempo pasado fue el sueño americano para terminar convirtiéndose en pesadilla. Pero como dice el refrán, bien está lo que bien acaba.

Y mientras medio mundo presta atención a las secuelas de las elecciones americanas, el otro medio sigue preocupado y angustiado por la evolución del Covid-19 que por desgracia vuelve a batir record de contagios y muerte en un buen número de países. La ciudadanía empieza a sentirse otra vez con la muerte en los talones por mor de un virus capaz de vencer todos los esfuerzos de gobiernos y ciudadanía por superarlo. El fantasma del confinamiento, más o menos severo, empieza a sobrevolar nuestro espacio aéreo individual y colectivo y la ansiedad vuelve a hacer mella en una buena parte de la ciudadanía convencida por otra parte de que sólo la vuelta a casa podrá detener la expansión de la enfermedad que ha traído consigo la segunda ola.

Los datos de estos días son terribles por cuanto de nuevo las residencias de ancianos se han convertido en el caldo de cultivo más propicio para el virus y el número de personas mayores fallecidas se incrementa de manera notable. Y en nuestra tierra, en Andalucía, donde las autoridades valoraron más la temporada turística que la salud pública, vivimos momentos muy difíciles y bien distintos de los de la primera ola. Lidera Andalucía en estos días el trágico ranking de muertes por Covid y patologías similares mientras el número de infectados alcanza en algunas provincias proporciones nunca antes conocidas, al tiempo que el sistema público de salud empieza a sufrir un estrés nunca antes vivido en los hospitales andaluces.

Y ante un panorama tan desolador como éste, el máximo responsable de la sanidad pública andaluza y por ende del control de la enfermedad, el Consejero Jesús Aguirre, tiene la ocurrencia de despachar su comparecencia en sede parlamentaria tirando de aquel anuncio del detergente Colón: “Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo”. Con responsables públicos como el señor Consejero es normal que empecemos a sentirnos, también en Andalucía, con la muerte en los talones.

 

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