Casado y Almeida flanquean a un empresario de Ia hostelería, en una imagen reciente.
Casado y Almeida flanquean a un empresario de Ia hostelería, en una imagen reciente.

Nada como el refranero popular para explicar muchos de los comportamientos humanos que con frecuencia observamos en nuestra vida diaria. Y quizás el más adecuado de esos refranes para explicar las idas y venidas del líder de la oposición, el señor Casado, sea éste con el que titulo esta columna de hoy. Utilizamos esta expresión para definir de manera muy gráfica una situación en la que alguien va de un lado para otro frenéticamente, sin pensar en lo que hace, sin pararse a pensar si es necesario y sin considerar si tiene sentido.

Y es que el señor Casado en las dos últimas semanas ha debido considerarse un trabajador esencial al servicio de sus propios intereses partidistas y por su cuenta y riesgo ha decidido saltarse el confinamiento al que todos los españoles estamos obligados por la iniciativa del Gobierno respaldada mayoritariamente en el Congreso entre otros por el partido que lidera, por decirlo de alguna manera, él mismo. Y por decisión unánime de su santa voluntad como si de Españoles por el mundo se tratara ha rodado varios capítulos yendo de aquí para allá sin más objetivo que el de lanzar su mitin de turno desde el lugar de destino.

Un día se enfunda la mascarilla y acompañado  de la inefable Ayuso, la comercial de Telepizza en Madrid, decide darse una vuelta por el Hospital de campaña de Ifema desafiando todos los protocolos de la ciencia epidemiológica. Otro día, esta vez con el alcalde Almeida de escudero, se planta en Mercamadrid para lanzar casi de madrugada una especie de amnistía fiscal selectiva. Dos días más tarde visita un hotel como si fuese la zona cero de Nueva York tras el 11S ante el asombro de los allí presentes. Pero donde lo ha bordado ha sido en su visita al criadero de corderos, ahí sí que hemos podido ver a Casado en estado puro, cumpliendo el mandato bíblico que  Jesús  hiciera a Pedro, apacienta mis ovejas, susurrándoles como si de Robert Redford se tratara en El hombre que susurraba a los caballos. Ni la mejor escena de Heidi, Pedro y el abuelo sería capaz de superar la ternura de aquel momento.

Y es que el abuelo, no el de Heidi sino el que se fugó a Guadalmina en los primeros días de la pandemia, es como el rayo que no cesa y ha decidido reencarnarse en el joven Casado y fabricar un remake de su conocido “váyase señor González”. Recuerdo que cuando ABC era un periódico serio, conservador y de  derechas, pero alejado del modelo de prensa amarilla en el que ha degenerado, su director por aquel entonces, Luis María Ansón, publicó una espectacular portada en la que titulaba lo siguiente: “Aznar no puede cabalgar a los lomos del tigre de los GAL”, utilizando el viejo proverbio hindú según el cual si cabalgas a lomos de un tigre no puedes bajar de él porque terminara devorándote. El propio John Kennedy en su discurso de toma de posesión instaba a construir el futuro sobre unas nuevas bases al recordar que quienes insensatamente habían intentado cabalgar a  lomos de un tigre en el pasado siempre habían sido devorados por su cabalgadura. Mucho me temo que Casado, visto lo visto, ha decidido cabalgar a lomos de corderos sin saber que detrás de ellos anda Hannibal Lecter.

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