Cayetana Álvarez de Toledo, en el Congreso.
Cayetana Álvarez de Toledo, en el Congreso.

Dicen que Cayetana es un verso suelto, así lo afirman en privado algunos de sus correligionarios y buena parte de la prensa condescendiente con sus posiciones políticas buscando minimizar los daños colaterales de su palabra desbocada. Personalmente creo que Cayetana más que un verso suelto es una antología poética completa de esta versión bronca del Partido Popular que Casado ha puesto en escena y que lleva camino de convertirse en tragedia griega. 

Habita Cayetana esa zona oscura que sirve de frontera entre la derecha extrema y la extrema derecha y ahí se mueve como pez en el agua alimentando la bronca política que ha invadido no sólo el escenario parlamentario sino también la calle, esa que Fraga ya reclamaba para sí desde su pedestal de ministro de Interior a medio camino entre el franquismo y la transición democrática.

Y es que como algunas veces me dijera un querido compañero ya fallecido, con el que compartí responsabilidades en la dirección del Partido Socialista, no me gusta cómo caza la perrita. Venimos asistiendo, anormalmente impasibles, al renacer del ADN guerracivilista que la Transición parecía haber enterrado de por vida. Ya resulta difícil distinguir quien alimenta a quien, si la calle a los políticos o los políticos a la calle, pero lo realmente preocupante es que estemos sacando a bailar lo peor de nosotros mismos.

Y nada más alejado de mi intención con estas palabras que la cómoda equidistancia tan de moda en estos momentos. Pero frente a esa estrategia demencial y demoníaca que han puesto en marcha la derecha extrema y la extrema derecha en connivencia con determinados poderes institucionales para socavar la esencia de la democracia, el gobierno de la mayoría legítimamente elegida por la ciudadanía, no se puede responder con las mismas armas. Y es aquí donde  adquieren todo su valor actitudes y comportamientos como los reiterados día tras día por Salvador Illa y Fernando Simón, la razón de Estado por encima de la bronca política, la responsabilidad de cuidar la salud pública como principio básico, y la larga cambiada como ejercicio de sensatez política ante la irresponsabilidad de una parte de la clase política y su coro mediático.

La izquierda ni puede ni debe caer en la irresponsabilidad de ese juego suicida para la democracia que sólo busca su desprestigio aprovechando el dolor colectivo y la tragedia humana y social que estamos viviendo. Esto no es un juego de buenos y malos, que los hay, esto va de otra cosa, de demostrar que la política ejercida noblemente es capaz de resolver los problemas que la crisis sanitaria ha provocado. Esto va de defender la democracia sin pistolas calientes, asumiendo cada cual la responsabilidad que el momento histórico le ha asignado y haciéndolo lo mejor que sepan porque la reconstrucción de un país como el nuestro no puede tener como punto de partida una voladura controlada, la izquierda gobernante y la parlamentaria no pueden caer en la trampa de quienes siempre han proclamado: “Dejad que caiga España, que ya la levantaremos nosotros”, el leitmotiv de los herederos de quienes en su momento proclamaban el grito de: “¡Muera la inteligencia!”, porque ahora más que nunca es necesaria esa inteligencia.

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