Manifestación estudiantil, en una imagen retrospectiva. FOTO: CLAUDIA GONZÁLEZ ROMERO.
Manifestación estudiantil, en una imagen retrospectiva. FOTO: CLAUDIA GONZÁLEZ ROMERO.

De los jóvenes hacia la política. Pero probablemente consentida. Jugar a la abstención juvenil se ha convertido en una estrategia electoralista políticamente eficaz, a la par que peligrosa para el futuro del país. No son pocos los que se resisten, aunque su voto sea por oposición, más que por ilusión. Con el miedo escondiendo a la convicción. O fuertes arraigos o rechazo total.

La tendencia descendente del paro, aún siendo el doble que la media europea (15,7%) para los jóvenes con un 30% de desempleo, y la declaración de intenciones de personajes como Yolanda Díaz - démosle el beneficio de la duda - se traducen en mínimos ápices de esperanza.

La inconexión entre las decisiones distancian la clase política de la clase popular. También la judicial. Jueces con disfraz de médicos que contradicen a expertos sanitarios a la par que aprueban pleitos a etarras en nochevieja. Porque peor que el desacuerdo es la incomprensión. La inconsciencia del porqué esas decisiones cambian y ese conjunto de palabras que tanto costó forjar se descompone por mero interés o hambre de poder. Incoherencia que deriva en folios en blanco sumidos a la improvisación. E incluso, a veces, peor que discordar sobre el objetivo al que te diriges es desconocer hacia dónde vas.

Coincide, además, con esa etapa de edad donde predomina la duda. Todo se cuestiona, y la política no es una excepción. Y la duda, en rédito político, no renta. Del mismo modo que atrae, repele. Y coincide también con un fuerte déficit identitario. En norteamérica, la religión y el patriotismo se superpone al racismo y la desigualdad. En parte de Cataluña, la independencia. Ese sentimiento común que, por encima de discrepancias e injusticias, une. Falta de relato.

Mensajes como una lista de morosos tan larga como inútil o un rey huído que promete una vida discreta en España, desolan. Sí la tienen y tendrán los jóvenes. Tan discretas e insignificantes que terminan, en demasiadas ocasiones, sumadas a un recuento de suicidios insaciable. Como resultado, los movimientos ciudadanos se convierten en una de las escasas alternativas.

El salto de Teruel Existe fue un toque de atención tanto a los partidos políticos tradicionales como al resto de colectivos unidos por una causa de peso social. A los primeros, les alertó de la urgencia de soluciones al declive demográfico. A los segundos, les proporcionó la hoja de ruta para ser escuchados tras tiempos infames. No es descabellado imaginar en un futuro cercano la evolución de asociaciones en torno a causas como la desigualdad, derechos LGTB o desidia juvenil, en movimientos que llamen al timbre de las altas esferas políticas. La orfandad representativa y el hartazgo se combate con activismo. Y la falta de relato, ideando uno.

Aunque, como siempre, especial cuidado con las falsas esperanzas. En un reciente viaje al Parlamento Europeo, un alto cargo aseguraba que “en la UE el viento sopla en contra nuestra con el reto demográfico”. Difícil de digerir.

Desconexión involuntaria, probablemente consentida, pero no definitiva.

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