Pablo Casado, en una imagen de archivo.
Pablo Casado, en una imagen de archivo.

Se insiste, mucho, en que la vida se ha vuelto lenta, de pronto, con lo rápida que iba antes la vida. Tengo la impresión de que esa es solo una parte de la situación. La vida se ha vuelto trepidante en los periódicos y en los observadores de periódicos que, porque estamos ante una pandemia, necesitamos mirar y hasta leer la prensa de varios lugares del mundo. Aunque trepidante se ha vuelto la vida para las personas que se debaten con ella, miles, el personal que los atiende y el que nos atiende a todos los demás.

Trepidante se ha vuelto para los que la vida llega solo hasta su vida social acodada en la barra del Poder. Decíamos que en esta crisis ya estaban todøs los que tienen o aspiran al Poder buscando su sitio para la nueva situación. Nadie se libra de esta actitud, la pregunta es con cuánta cantidad de escrúpulos se busca cada quien el hueco para el próximo futuro.

El discurso del sábado, del presidente del Gobierno, solo podrá ser ejemplo en los clubs de debate de casi todo lo que no debe hacerse. Digo casi todo porque una de las perlas escondidas fue el ataque a los críticos contra el gasto militar, “no es un gasto superfluo”, y se hurtaba a la sociedad que existen otras posibilidades. No es solo que tengamos a las policías y a los bomberos, a protección civil. En Alemania existe el THW, una estructura de ayuda para el interior del país o en países extranjeros. Existen otras posibilidades y si se emplea al ejército es simplemente porque ya existe, también en Alemania. No creo que se pueda justificar la existencia de un ejército por la amenaza de una pandemia. Menos aún creo que se deba adoptar un lenguaje innecesariamente castrense para referirse a la pandemia: si esta catástrofe enorme que estamos viviendo, por ser tan horrible, les parece a algunos que sea una guerra ya pueden empezar a imaginar lo horrible que es realmente una guerra. Todo ese lenguaje está buscando una posición durante la epidemia y después de la epidemia.

Las derechas españolas buscan protagonismo y espacio en los periódicos porque es el medio de llegar a løs ciudadanøs. Los ejemplos van desde Torra a Ayuso, y pasan cerca de Feijoo, con unas críticas que no son tales sino ataques públicos contra el Gobierno. Que les roban las mascarillas o si se las van a robar, que si no te consiento más que digas que mi Madrí es una apestada y otros disparates. La ultraderecha hace responsable al 8M de ser la caldera de Pedro Botero donde se coció el virus, Vista Alegre fue una santa romería y viajar a Milán una peregrinación, en lo que le acompaña el PP, y otros días reinventa la biología y declara haber encontrado un anticuerpo español. En medio de todo eso se va diluyendo el patriotismo sin par de los Aznar-Botella, y por la puerta de atrás abre una rendija una aparición: Albert Rivera. El desaparecido de Ciudadanos llega de pronto a decir lo que Ciudadanos no puede decir porque Arrimadas ha dicho que apoya al Gobierno sin fisuras. Y sale de la nada Albert Rivera a decir a Pedro Sánchez que para esa mierda de discurso mejor lo deja. ¿También él está buscando hueco otra vez? Pablo Casado no deja de buscarlo: unos días se vuelve hombre de Estado y otros vuelve a ser un joven burlón hacia el presidente del Gobierno.

Estamos hablando de las derechas que predicaban la libertad quitando camas, privatizando hospitales, eliminando puestos de trabajo en la sanidad pública que iban quedando o que financiaban la construcción de hospitales privados con dinero público. Las derechas que ahora se lanzan a degüello contra el gobierno de Sánchez y el coletas, que acusan a Pablo Iglesias de violar la cuarentena y ponen de ejemplo a la sra. Merkel, que también en cuarentena salió ayer a anunciar las nuevas medidas del Gobierno.

La pandemia ha cogido a todos con el pie cambiado, incrédulos ante lo que se nos avecinaba, eurocéntricos, porque eso que pasaba en China era cosa de que sus mercados de animales son como son, y otras expresiones racistas contra un inmenso país con una inmensa dictadura. Orgullosos de sí mismos, incapaces. No sé cuántas cosas más. Pero reaccionaron, tarde pero rectificaron. Importa salir adelante y aceptar que nadie es perfecto. Aprender de todo esto que ya no se puede rebobinar como si fuera una película. Lo que nos ocurre es real, quizá demasiado real, quizá por primera vez real.

Hay lugares en este mundo donde las derechas gobiernan como les gusta, y no paran de decirlo, a las resabiadas derechas españolas, desbocadas y vergonzosamente irresponsables. En campaña electoral en pleno desastre de medios al que su neoliberalismo nos arrastró. Las derechas españolas tienen sus hermanas en Trump y en Boris Johnson, para los que la libertad es negar la dimensión de la pandemia e insultar a quien se atreva a preguntar o a criticar. Su libertad es haber eliminado las camas que hoy estaríamos necesitando. Una vez más, las derechas españolas se vuelven a las cuevas o regresan a los árboles.

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído