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¡Que estamos hablando de la peor catástrofe humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial!

Apenas recuperados de la impactante imagen del niño sirio Aylan inerte en la orilla bajo las caricias de las olas, no tengo más remedio que seguir en estado de estupefacción ante determinadas reacciones de mis compatriotas, muchos de ellos vehementes demócratas de pasillo y corro de bar, y que ante los tristes acontecimientos en Siria, enseñan su verdadera cara.

Que me perdone el lector la expresión, pero no me puedo reprimir: se me hinchan las pelotas con el típico españolito que ahora nos viene con eso de “no, si a mí me parece bien que se dé refugio a los sirios… pero ¿quién refugia a los españoles que han tenido que salir de su país buscando trabajo?” ¿¿Perdona??

Hay que ser ruin, mezquino y torticero para argumentar semejante BARBARIDAD.

Para empezar, amigo mío (y vaya por delante que soy el primero en denunciar la fuga de compatriotas a otros países en la búsqueda de un futuro mejor)… ¿cómo tienes la desfachatez de comparar ambas situaciones?

A ver, lumbreras… atiende un momento. El español “huye” de aquí porque no tiene posibilidades de trabajo, o carece de recursos económicos, básicamente.

El sirio huye de un país EN GUERRA. Le han matado a buena parte de su familia en un fuego cruzado a tres bandas (ejército sirio, rebeldes y Estado Islámico). Le han dejado sin dinero en el banco, y a base de mortero le han destrozado su único hogar.

El español por contra, aunque jodido, sigue teniendo aquí amistades y familia… puede que incluso una casa a la que volver cuando las cosas mejoren (si es que mejoran). Pero ese respaldo existe… no tiene las manos vacías.

Además se te olvida que en su huida, el sirio SE JUEGA LA VIDA cruzando vías férreas, o mangas de mar en pésimas condiciones; no tiene un triste trozo de pan que llevarse a la boca y el agua escasea. Caminan kilómetros y kilómetros (no los lleva un autobús o un tren… al menos hasta que llegan a la frontera húngara), mientras que el español dispone de transporte… clase turista sin aglomeraciones, o mochila al hombro en un interurbano. No siente el aliento del enemigo homicida en el cogote ni escucha silbar balas que pasan a escasos centímetros de su cabeza. No ha tenido que enterrar a su padre, a su tío… ni se le ha escurrido entre las manos un hijo de tres años al que tendrá que dar sepultura.

Se nos olvida muy pronto que hace 80 años, nosotros éramos ellos. Que huimos de la guerra con idéntica desesperación… no me compares aquella emigración bélica con la que vino en los 50 y 60, donde no se trataba de escapar de un conflicto sino en busca de mejoras económicas y sociales que en España eran utópicas.

No pretendas hacerme creer que estos refugiados son simples emigrantes. No simplifiques. Porque ese discurso, amigo demócrata, es LePeniano, vomitivo, indecente, sucio, interesado y peligroso para esa Democracia que tanto defiendes a boca llena.

El refugiado sirio, al igual que el emigrante español, no sale de su país por gusto. Pero hay una enorme diferencia entre ellos. Unos escapan del paro… los otros de la muerte.

¡Que estamos hablando de la peor catástrofe humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial!

Así que menos demagogia e interpretaciones torticeras de nuestra historia reciente, porque ese tipo de discurso, amigo mío, solo sirve para calmar la intranquilidad de tu conciencia, que lleva días dándose de hostias contra las pantallas de los televisores a base de cadáveres, llanto y miseria humana.

Por favor… deja de erigirte en “defensor de lo patrio” y abre un poco la mente.

Bastante vergüenza ajena estamos padeciendo ya, para que vengas a hacernos sentir más miserables con semejantes comparaciones.

Definitivamente el ser humano está abandonando el adjetivo “humano” para quedarse tan solo con lo de “ser”.

¿Y todavía hay alguien que no cree que estamos en vías de extinción?

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