Defensa de la inteligencia natural

No propongo demonizar lo desconocido, pero sí buscarle su lugar. Parar un momento, analizar y determinar para qué es útil y para qué inadecuado. El lugar de la IA no está en las aulas

Alumnos de una escuela con sus ordenadores portátiles.
16 de enero de 2026 a las 09:16h

Hace unos días, uno de mis hijos recordaba cómo, pocos años atrás, ChatGPT localizaba bibliografía sobre temas concretos. Sin moverte de casa, sin abrir un libro, te ofrecía un listado de autores, títulos y citas de forma fiable. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la misma aplicación no sirve para este cometido porque no es fiable: la IA ha aprendido a mentir, alimentada de los bulos y errores humanos. Y es que la señorita es incapaz de decir no. Sumisa y entregada, siempre contesta, aunque no responda a tus necesidades. De todas formas, no todo son retrocesos: en lo que sí se está revelando eficaz es en hacer la tarea escolar. Seguro que tiene más habilidades, solo que, en los centros educativos, desde la educación primaria hasta la universidad, está convirtiéndose en el mejor amigo tóxico de los alumnos, las alumnas y hasta de los – las enseñantes.

No pretendo dedicar estas líneas a imaginar un futuro dominado por la IA, con unos humanos de cerebros vaciados, convertidos en mano de obra esclava, sin deseos ni derechos. Tampoco pretendo negar el avance de este sistema que resuelve rápidamente cuestiones con la misma efectividad que venía haciéndolo una calculadora en matemáticas. Ni siquiera me atrevo a discutir sobre la fiabilidad de sus datos, pues no es el motivo que me trae aquí. Además, me faltaría conocer bien ese mundo, y ya sé que habré de darme prisa en aprender, pues su presencia se está imponiendo con la rapidez de las plagas bíblicas.

Tan solo querría compartir el problema que esta herramienta está generando en las aulas. La pereza del estudiante forma parte de su idiosincrasia y hasta es saludable que busque vericuetos para librarse de las tareas, aun cuando en su huida acabe perdiendo más tiempo. Así que es fácil entender que hayan sucumbido, tan rápidamente, a estos encantos artificiales. No se les puede reprochar que deleguen sus obligaciones en esa aplicación que no pide nada a cambio. Amable, eficiente y eficaz, lo mismo escribe un relato corto, resuelve intrincados problemas filosóficos, hace un comentario de texto, completa fichas de biología que te monta la presentación oral de la clase de inglés. Claro que ¿a quién evalúa el docente? ¿A la IA? No es la primera vez que nos hacemos esta pregunta, si bien con alguna variante del tipo ¿a quién le pongo la nota?, ¿al papá, a la profesora particular, al compañero de pupitre?

Pero este dilema es peccata minuta frente al ChatGPT, que no se limita a momentos puntuales, que no enseña, que te acaba suplantando. El que la IA trabaje por nosotros implica no aprender. El cerebro es un músculo que hay que ejercitar, como hay que mover las piernas para jugar al fútbol o la muñeca y los dedos para tocar el violín. Solo uno mismo puede desarrollar su formación: nadie puede bailar por ti si lo que pretendes es convertirte en bailarín. El docente ha de centrar su esfuerzo en lograr que aquellos que están a su cargo sean autónomos e independientes. Que aprendan a utilizar recursos materiales e intelectuales para no depender de la voluntad de un tercero; pensar y actuar para formar su propio criterio y para ser ellos quienes, en su vida profesional, monten la instalación eléctrica de nuestras viviendas y quienes elijan a sus gobernantes con plena conciencia. Para llegar a saber, el aprendiz-estudiante ha de mancharse las manos, realizar los ejercicios, sean de la materia que sean. De lo contrario, tanto su mente como su cuerpo quedarán flácidos, sin musculatura. Y su paso por la escuela se reducirá a esos años de encarcelamiento mientras sus progenitores trabajan. La IA y el aprendizaje son incompatibles. Ya habrá tiempo de encontrar su momento y su lugar, que lo tiene, pero fuera del aula.

Como docente con muchos años de experiencia, vocación y convencimiento del valor de mi trabajo, nunca he visto con buenos ojos el uso de la calculadora en las aulas escolares. Recuerdo en mi adolescencia el rechazo del profesorado porque su uso no permitía aprehender los mecanismos matemáticos. De esto hace ya décadas, ¡es lo que tiene haber sumado años! Pese al debate encendido de entonces, finalmente, todos caímos rendidos a sus pies por aquello de la rapidez y de aprovechar más —que no mejor— la hora de Matemáticas. Yo me hice devota: no sentía el más mínimo interés por el cálculo. Confieso que hoy no puedo resolver una división de tres cifras, ni de dos, ahora que caigo. “No importa”, me digo, y cojo la calculadora para repartir los filetes que hay en la sartén. A mi banco le encanta la cara de boba que se me queda mientras me explica las ecuaciones matemáticas que me hacen devolverle diez cuando solo me prestaron dos.

La IA no es el primer atajo tecnológico (como lo ha bautizado mi hijo) que hemos conocido a lo largo de la humanidad. Ahí tenemos la calculadora, la imprenta, la fotocopiadora, la plancha, el martillo hidráulico… No propongo demonizar lo desconocido, pero sí buscarle su lugar. Parar un momento, analizar y determinar para qué es útil y para qué inadecuado. El lugar de la IA no está en las aulas. Fuera de ellas, puede ser otra herramienta para aquellos que, como yo con la calculadora, necesitan redactar una reclamación para alguna Administración o calcular los kilos de pintura que necesitaría para pintar el salón de su casa.

Y de atajo en atajo vamos avanzando y mejorando, siempre y cuando miremos con ojos críticos y no nos dejemos embaucar como enamorados cegados por el brillo de la novedad.