Manifestación contra el cambio climático. FOTO: MANU GARCÍA
Manifestación contra el cambio climático. FOTO: MANU GARCÍA

Cómo, porqué y para qué hemos llegado hasta aquí

El pasado viernes 22 de noviembre tuve el placer de asistir en El Cuervo, Sevilla, a la invitación que el Ateneo Arbonaida y la Asociación Laguna de los Tollos me cursó para charlar y debatir sobre el título de este artículo.

Paso a describir en tres entregas, parte de lo que allí se habló durante más de dos horas, para ampliar la información y que así pueda llegar a más personas que puedan (o no) tener las mismas inquietudes que los asistentes presenciales en dicho encuentro.

Hablar de decrecimiento me lleva a hablar en primer lugar de crecimiento.

Basta echar un vistazo a la propia naturaleza, a los seres vivos, y observar que éstos no crecen indefinidamente a lo largo de su etapa vital, ni en el todo ni en parte.

Sin crecimiento inicial no prosperan, no prosperamos, pero tenemos límites cuantitativos y cualitativos, que están en lo más profundo de nuestro ser, en el genoma de cada especie, que dicta hasta cuándo y hasta cuánto debe crecer un tejido, un órgano, un brazo, un ala, y alcanzar la dimensión exacta que ayude al organismo en cuestión a desarrollar una vida plena.

Nuestra sociedad lleva en su impronta, en su genoma, la Economía, como herramienta de transformación, de progreso, de trabajo en cooperación, pero al estar conformada la sociedad por seres vivos, interdependientes y ecodepedientes, la cuestión a abordar es doble,

¿Debe crecer continuamente el consumo para que esta especie económica pueda sobrevivir?

¿Puede crecer infinitamente?

La realidad es que nuestro sistema socioeconómico es insostenible y se ha saltado ya los límites físicos y ecológicos del planeta, no es posible crecer infinitamente en un planeta finito.

Los países occidentales han salido de un breve periodo de su historia, siglo y medio más o menos, en que el modelo económico, la paz social y el progreso se basaban en un aumento continuo de las cantidades producidas y consumidas, sobre todo a partir del final de la segunda guerra mundial.

Ello fue posible debido a un ecofascismo encubierto a tres niveles, que ahora con la globalización y repetición del mismo modelo en todos los países y a escala planetaria, se comprueba inviable.

El primero de ellos se basaba en un ecofascismo norte-sur (o también denominado ricos-pobres posteriormente al iniciar las mismas dinámicas los países emergentes, Brasil, Rusia, China, India y Suráfrica), extrayendo energía abundante y barata proveniente de extensas zonas del planeta, combustibles fósiles, carbón, gas y petróleo fáciles de extraer y con una tasa de retorno energético cercana sino superior, a cien veces la energía necesaria para su extracción.

Materias primas y minerales de todo tipo, eran encontrados y distribuidos a lo largo del planeta para satisfacer las necesidades de unos pocos, incluidos alimentos producidos en grandes extensiones forestales, reconvertidas en tierras de cultivo tanto para ganadería como alimentación humana, todo ello con mano de obra barata en pos de la productividad, generando miseria y desigualdad en muchos lugares del mundo.

Todo lo anterior también, sin reparar en los cambios producidos en los ecosistemas, en el agotamiento de recursos hídricos, o en la contaminación producida por residuos de todo tipo, que ha conllevado aparejada la aniquilación o disminución en número de individuos de otras especies, lo que da lugar al segundo ecofascismo, entre especies.

El tercer nivel nos muestra nuestra responsabilidad con las siguientes generaciones, que debería ser cuidar de nuestra descendencia, ofreciéndoles al menos un hogar amable para vivir con recursos no contaminados, donde puedan desarrollarse.

En el año de mi nacimiento, 1966, se utilizaban dos tercios de los recursos naturales que pueden regenerarse en un año, en 2019 se han utilizado todos a finales de julio, esa es nuestra huella ecológica, la necesidad impulsada por una economía de crecimiento infinito de usar más recursos de los que disponemos, y que da lugar al tercer ecofascismo, el intergeneracional.

Todo este proceso de supuesto crecimiento infinito se puede explicar con la metáfora del horno y la tarta.

Si soy un repostero, y puedo conseguir cada año más ingredientes baratos para cocinar una tarta, y la energía necesaria para cocinarla es abundante y también barata, conseguiré que la tarta sea más grande, y por tanto en el reparto, aumentar mi trozo del pastel (beneficios económicos del capitalismo conservador, liberal y neoliberal), además los pequeños trozos a repartir entre la ciudadanía encargada de extraer los ingredientes y la energía, serán también mayores (beneficios sociales de la social democracia y socialismo).

Esto ha funcionado muy bien 150 años debido a los tres ecofascismos, pero nos hemos dado de golpe con los límites del horno (planeta), y ya no puede crecer más la tarta, la energía para cocinar empieza a ser más escasa, cara, difícil de extraer, y con menor tasa de retorno energético, y además los ingredientes para cocinarla están contaminados por los residuos generados en el pasado.

Por si esto fuera poco, las siguientes generaciones han avistado como les va a quedar el horno: sucio, sin energía, y sin ingredientes.

Por todo ello, tanto la paz social y ambiental conseguidas durante la breve etapa del crecimiento infinito se quiebran, dado que para seguir aumentando los beneficios económicos, no sirven las recetas basadas en el crecimiento.

Por ello se inicia a principios del siglo XXI, un nuevo proceso económico en el reparto de la tarta, quitando pequeños trozos de la misma a muchos, para seguir aumentando los beneficios de unos pocos, que ven con recelo que su parte del pastel ya no aumenta por causa de los límites del horno (planeta).

¿Qué trozos nos han sido hurtados? La respuesta está en la cascada de recortes en derechos sociales, sanidad, educación, dependencia, justicia, aumento de precios en transporte, energía, agua, alimentos, aderezados con leyes mordaza por si alguien se atreve a solicitar en voz alta su parte de la tarta, además del ataque a las instituciones más cercanas a la ciudadanía como son los Ayuntamientos, prácticamente inoperativos debido a la ley Montoro, la regla de gasto, la ley de racionalización y sostenibilidad municipal y la tasa de reposición de personal.

(continuará…)

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Comentarios (1)

Pablo Araya Hace 6 meses
Interesante y actual tema de la economía del decrecimiento. Me interesa darle seguimiento
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