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Fue un martes santo. No podría olvidarlo. Quedaban unas cuatro horas para salir de casa para ver las procesiones, y mataba el aburrimiento con un videojuego después del almuerzo, haciendo tiempo hasta que llegase la hora de prepararme para salir.

Me asusté muchísimo, más de lo que me he asustado en toda mi vida. Al levantarme del sillón donde estaba jugando, me vi literalmente empapada en sangre. No era una mancha, era realmente sobrecogedor. Tanto que lo primero que pensé fue “¿Cómo es posible que esté sangrando tantísimo y no me haya enterado?, ¿cómo es posible que no me duela nada?”. Sin embargo, pensar eso le tomó un nanosegundo a mi cerebro, tras lo cual vino la reacción que cualquier niña de once años habría tenido: llamé a gritos a mis padres.

Cuando mi madre nos calmó, tanto a mi padre como a mí, confirmando que no pasaba nada y que simplemente me había venido la regla por primera vez, a mí aquello me sonó a chino. Procuré no ponerme nerviosa, pero recuerdo que lo estaba. Y triste. Muy triste, aunque no sabía muy bien por qué. Creo que fui consciente de que crecía, de que Peter Pan no me iba a llevar con él al País de Nunca jamás, aunque sí podía dejarme embarazada. Qué sé yo… Era muy pequeña y estaba abrumada.

Mi interés máximo en semana santa por aquellos años era aumentar la bola de cera clásica que todos los niños solían atesorar. Es una tradición que aguanta aunque disminuye. Cuando yo tenía once años aún pegaba muy fuerte. Recuerdo perfectamente estar siguiendo a mis primos, entre los nazarenos, recogiendo cera. Y recuerdo con mayor nitidez aún el dolor físico que sentí aquel primer día, un dolor que comenzó apenas unas horas después de verme cubierta de sangre. Habría jurado que los huesos del pubis se me estaban dilatando a golpes brutales y constantes. Constantes. Un dolor fijo e intensísimo, de los que te desencajan la expresión y te hacen palidecer. Sin embargo ahí estaba yo, procurando que ninguno de mis primos se diese cuenta y fingiendo que seguirles el ritmo no era un problema. Lo pasé fatal, y no me extraña. Ahora veo a las niñas de once años y me quedo sin palabras sopesando que desde que yo era como ellas se instaló en mi organismo un infalible reloj suizo que me desangraba cada veintiocho días.

De pronto te envuelve una paranoia curiosa. Esa sensación de que los anuncios de compresas están por todas partes y a todas horas. ¿Y por qué esos anuncios censuran tan brutalmente la situación real de la mujer? ¿Por qué son como pequeñas piezas cutres de comedia musical? A mi entender, “compresa” es una de las palabras más horrendas de nuestro idioma… Puede que sea cuestión psicológica, pero el caso es que me chirría. Siempre me dieron muchísima grima, desde antes incluso de tener que usarlas, lo cual podía ser pura intuición, porque son un foco de infección -cosa que jamás te contarán los anuncios-. De hecho, después de año y medio sin entenderme con ellas, las descarté por completo. Me tocó sufrir otro día inolvidable: la primera vez que usé tampón. Sí, es completamente verídico que se puede colocar en dos segundos cuando lo has hecho un millón de veces. Dos segundos y ni te enteras. Eso sí, juraría que la primera vez que me puse uno, a los trece años, aquel trozo de algodón armado se llevó mi virginidad. Procuraré no ser muy gráfica ni muy gore, pero el dolor insoportable se debió a la errónea colocación y a tener el valor de echarme a andar y todo. Errores de principiante que, por suerte, cometí en verano en lugar de en plena época escolar.

Les espero el próximo jueves, porque esto da para más.

Continuará…

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